Archivo de la categoría: Número 05 (2010)

Textos rescatados de César Vallejo: «Los mutilados» (1923)

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

    Reseña | Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi: César Vallejo. Textos recobrados (Lima, Editorial Universitaria, 2009).

 Recibimos en Hallali este libro de Carlos Fernández (Santiago de Compostela, 1981) y Valentino Gianucci (Lima, 1976), que pretende arrojar luz sobre la vida y la obra de César Vallejo desde la perspectiva documental para proponer una nueva relación con lo que tradicionalmente se ha considerado como «testimonios». La obra presenta y reproduce facsimilarmente varios textos hasta ahora desconocidos o poco difundidos de Vallejo que han sido rescatados tras una intensa investigación de archivo, aún en curso.

De los «textos rescatados» por los autores reproducimos aquí una crónica poco conocida escrita por Vallejo en París para la revista Claridad de Santiago de Chile (nr. 119, 22 diciembre 1923, p. 7). Esta crónica nos recuerda inmediatamente la famosa escena final de J´accuse (Abel Gance, 1919). Sobre ella comentan los dos investigadores:

«Al dar una visión más oscura del París de posguerra, «Los mutilados» contrasta con los artículos que por esa fecha Vallejo publicaba sobre la vida parisina en el diario trujillano El Norte, tales como «En Montmartre», «La Rotonda» y «La firma del recuerdo». Además, Vallejo en este texto trata, desde una perspectiva menos metafísica, el tema de la mutilación, que también está presente en su poesma en prosa «Existe un mutilado…».

 «Caminan por las calles de París, cruentos y numerosos, los mutilados. Ya es el padre sin brazos, el hermano con muslo de madera, o el hijo que, al hablar con la madre viejecita, para oirla (sic) tiene que inclinarse aún más que ella; o el esposo que, a su vuelta de las trincheras, una mañana luminosa, al abrazar a la esposa, ya no tuvo más ojos para verla, sino los del recuerdo… Caminan ellos movidos por los mismos humanos devaneos que los demás; pero yo no he visto nunca una sombra más densa e insegura, que la que ellos arrojan sobre el suelo.

Los mutilados van de una avenida a una plaza, de una esquina a un andén, y un halo sangriento les rodea siempre. Talvez (sic) aún hay a sus plantas un poco del aceite de los vastos cementerios, que les imprime el quebrado vaivén de seres que resbalan y resbalan y nunca se incorporan del todo. Sus arzmazones truncos, sus armonías carcomidas parecen mendigar algo, y están a semejanza de tallos, hendidos por los sacudimientos del terreno. Y los demás les miran con la misma indiferencia que a os otros invál idos de cuna, y los ven vagar como cosa tan natural, que no se detiene nadie en su camino. Se ha olvidado ya, talvez (sic), la causa de esas mutilaciones. Los mismos mutilados acaso, también han olvidado el obús fulminante o el gas devorador de los perdidos órganos. Y todavía más: acaso ellos se han olvidado hasta de su forma integral de antes. Las preocupaciones del minuto, a veces pueden mucho.

Mas yo he visto a los niños contemplar largamente a los inválidos. Y he visto una cosa más oscura todavía. En un vagón urbano, una madre que viajaba sentada, con un niño en los brazos, al ingresar un inválido, apoyado en dos zancos, se puso de pie y le cedió el asiento. El niño entonces miró al mutilado de cabeza a pies, y, presa de extraña agitación, se puso a sollozar. El héroe desplegó luego un número de «Le Matin» y empezó a leer mentalmente, reclinado en la banca: «La resistencia pasiva en el Ruhr… Alemania retarda maliciosamente el pago de las reparaciones…».

El tren siguió su marcha, y el llanto de aquel hijo resonaba y crecía entre la jauría de los aceros negros que rodaban.

Y he visto también en otra ocasión caer sobre el lomo de un perro, que conducía una dama inglesa, desde un andamio elevado, un trozo de mármol. El can enfurecido, volvió y se lanzó sobre un mozo que se abrigaba al sol de la mañana, sentado bajo un árbol del boulevar; el animal hincó los colmillos en una manga vacante del hombre, y al mirar a lo largo de ella para adentro, metió el rabo entre las piernas y se alejó lanzando un aullido espantoso e interminable. Una mujer, bella y joven, que pasaba por allí, miró al manco un momento, y él, al advertirlo, hizo una mueca horrible de pudor.

Así van los mutilados por las calles de París. Y yo no he visto nunca una sombra más densa e insegura, que la que allos arrojan sobre el suelo».

Cine : Mata-Hari en España, cinematográficamente hablando

Mayor Reisman
Blog Cine bélico e histórico

Si le pidiésemos a cualquier persona que nos diga diez nombres relacionados con la Primera Guerra Mundial (la Gran Guerra) seguramente el cien por cien de los cuestionados incluiría el de Mata-Hari. Por ello no debe de extrañarnos que la fascinante pero inexperta espía, haya aparecido en numerosas películas, bien como personaje secundario, bien como protagonista. Según la IMDB ha cobrado vida en 24 producciones distintas.

La actriz Asta Nielsen fue la primera Mata-Hari de la pantalla en una película muda de 1920. Pero probablemente la Mata-Hari interpretada por Greta Garbo sea la más famosa y seductora de todas las del celuloide. La MGM realizó una auténtica superproducción llegando a gastar medio millón de dólares en su realización. Greta ganó 7.000 dólares a la semana y el rodaje duró 43 días. Estrenada en 1931 fue un rotundo éxito llegando a recaudar más de 2 millones de dólares en todo el mundo (a día de hoy serían algo más de 30 si ajustamos la inflación). En 1938, con la entrada en vigor del código Hays la película fue censurada en tres de sus secuencias: la escena final del baile en la que la Garbo baila frenéticamente y aparece con la espalda desnuda, otra en la que se ve a Garbo en su habitación vestida con un tenue negligée, y finalmente una secuencia en la que Ramón Novarro la abraza y besa con pasión.

Aunque lo más llamativo es que dentro de esa lista de 24 películas en las que aparece Mata-Hari hay tres producciones españolas. Se trata de La reina del Chantecler (1962), Operación Mata-Hari (1968) y la serie para la televisión Blasco Ibáñez (1997). Un hecho inusual si tenemos en cuenta que las contribuciones del cine español a las películas ambientadas en la Primera Guerra Mundial son más bien anecdóticas, algo lógico si pensamos que España no fue uno de los contendientes de la conflagración. Incluso nuestra versión de la obra de Blasco Ibáñez Mare Nostrum transcurre en plena Segunda Guerra Mundial. Entonces ¿por qué hay tres películas en las que aparece dicha espía?

En el caso de Blasco Ibáñez, la serie especulaba con la posibilidad de que ambos se hubieran conocido en París. Como ya hemos comentado en otra ocasión la historia de Mata-Hari sirvió de inspiración para la creación del personaje de Freya de su novela “Mare Nostrum”. Fue la actriz Mabel Lozano quien encarnó a Mata-Hari.Con respecto a las dos producciones cinematográficas la razón es que comparten el mismo punto de partida argumental: durante la guerra Mata-Hari viaja entre la neutral Holanda y Francia vía Gran Bretaña y España. De esa forma se evitaba los frentes de batalla.

La reina de Chantecler fue dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Sara Montiel, que da vida a “La Bella Charito”. Es el típico musical melodramático de esos años. La cantante será reclutada por los servicios secretos franceses para que les ayude en la captura de Mata-Hari, interpretada por la actriz chino-germana Greta Chi, cuando ésta se encuentre en España. La película sólo es soportable por los fanáticos de Sarita, pero en su tiempo llegó a tener una cierta fama, ya que no sólo ganó un premio del Sindicato, sino que además corrió el rumor de que era la primera película que no había sido obligada a pasar la censura. Supongo que los espectadores esperaban ver algunas escenas «subidas de tono» por parte de la famosa manchega, aunque debieron de sentirse defraudados.

Mucha mejor trama argumental tiene Operación Mata-Hari. En esta ocasión fue la vedette Carmen de Lirio la encargada de dar vida a la espía. Estrenada en 1968, se trata de la única producción española totalmente ambientada en la Gran Guerra. Dirigida por Mariano Ozores y protagonizada por la pareja formada por Gracita Morales y José Luís López Vázquez, es la típica comedia española de aquellos años.

La cinta es parte de una tetralogía formada por Operación cabaretera (1965), Operación secretaria (1967) y Objetivo Bi-ki-ni (1968). Se trata de una parodia bastante ingenua de las clásicas películas de espías. Como era de esperar, Gracita Morales interpreta a una chacha, en este caso la de Mata-Hari. Cuando ésta desaparece porque se fuga con un amante, Gracita se verá obligada a sustituirla. López-Vázquez da vida al coronel von Faber, jefe del espionaje alemán que acabará prendado de los encantos de la chacha metida a espía. Entre otros intérpretes encontramos a José Luis Coll y a José Sacristán. A pesar de ser una «españolada» hay que reconocerle cierto mérito a estas películas realizadas con cuatro duros y con mucho desparpajo. Mariano Ozores simplemente parodia a grandes producciones de suspense como 39 escalones o Con la muerte en los talones. Tenemos a la chacha normal que está en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Sobre «Rites of Spring. The Great War and the Birth of the Modern Age», de Modris Eksteins

Bertrand Rickenbacker
Gymnase de Beaulieu, Lausanne
Traducción del francés: Emilio Quintana

Dosier Modris Eksteins (Hallali, nr. 7, 2010)

    Reseña del libro Le Sacré du printemps. La Grande Guerre et la naissance de la Modernité (París, Plon, 1991), traducción francesa de Rites of Spring. The Great War and the Birth of the Modern Age", de Modris Eksteins. Publicada en la revista Résister et Construire. Bulletin de combat et de reconstruction chrétienne, nr. 47-48 (noviembre-diciembre 2000, pp. 61s).

3637028016_c1526885c3_mEste libro se propone rehacer la historia de la Primera Guerra Mundial poniendo en evidencia la relación existente entre dicho período histórico y el advenimiento de la Modernidad. La tesis principal del autor es que «la Gran Guerra se convirtió en el eje en torno al que ha venido girando el mundo moderno» (p, 278) ya que los cuatro años de guerra provocaron profundas modificaciones tanto en las sociedades occidentales como en las conciencias individuales. Los puntos de referencia de las sociedades tradicionales no lograron resistier a las tensiones de esta primera guerra total; además, la desproporción entre sacrificios consentidos y beneficios obetenidos (incluso entre los vencedores) conducirá a la generalización de modos de pensamiento modernos. En el último capítulo, el autor se esfuerza por mostrar que el advenimiento de estos nuevos modos de pensamiento y vida facilitaron la ascensión del nazismo y, por tanto, prepararon el terreno a la Segunda Guerra Mundial.

La originalidad de esta obra no reside, sin embargo, en esta idea general, por interesante que sea, sino más bien en dos tesis inhabituales que merecen toda la atención del lector. La primera tesis se resume en esta cita:

La noción de vanguardia (nota del reseñista: intelectual o artística) tiene connotaciones positivas, mientras que la visión de un ejército en campaña horroriza. Pero acaso haya entre ambas expresiones una relación de parentesco que vaya más allá de su común origen militar. La introspección, el primitivismo, la abstracción y la fabricación de mitos se dan tanto en las artes como en la política«. (p. 12)

Tomando como base numerosas fuentes históricas, tanto artísticas como políticas, el autor muestra que el desencadenamiento y desarrollo de las dos guerras mundiales tiene más relación con una introduccón de las tesis vanguardistas y modernistas que con un resurgimiento de antiguas barbaries.

La segunda tesis original del autor es que Alemania, elemento motor en el desencadenamiento de las dos guerras mundiales, no era, como se ha pretendido a menudo, una nación atrasada (con respecto a los otros países occidentales), sino todo lo contrario, una nación en primera línea del modernismo, de la Modernidad. El autor basa su tesis principalmente en una comparación detallada entre los sistemas de valores dominantes a principios del siglo XX en Inglaterra y en Alemania. De esta comparación resulta que Inglaterra se percibe a sí misma como garante de los valores del pasado que han hecho la grandeza de Occidente, mientras que Alemania tiende a encarnar la lucha por el advenimiento de un mundo nuevo, en absoluto ajeno al que reclaman por entonces las vanguardias intelectuales y artísticas.

Rites of Spring no es una obra sin defectos (contiene algunos errores históricos, así como cierta tendencia a la generalización abusiva), pero tiene el mérito fundamental de hacer reflexionar al lector sobre conceptos como modernismo, vanguardia, Modernidad. Estos conceptos se encuentran todavía hoy muy a menudo con un prejuicio favorable que no merecen. Es indespensable, para un cristiano, tener la capacidad de distanciarse de lo que representan estos conceptos, bajo pena de traicionar la visión bíblica de la realidad. Al mostrar que la Modernidad, lejos de encarnar el advenimiento del Bien y la Sabiduría, es igualmente portadora de barbarie, el libro de Eksteins ayuda al lector a alejarse de ese ídolo mayor de nuestro tiempo: el culto a lo nuevo. Nos abre de este modo la vía a una lectura cristiana consecuente y coherente de este mundo que es el nuestro.

Primera traducción de Jorge Luis Borges al húngaro: el poema “Oroszország” (“Rusia”) publicado en MA (1921)

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

Esta es la primera vez que se publica la traducción al húngaro que Gáspár Endre hizo en la revista MA. Aktivista Folyóirat de Viena (Ma – 6, évf. 9, sz. 15 sept. 1921, p. 122) del poema de Jorge Luis Borges «Rusia», publicado un año antes en la revista Grecia (nr. 48, 1 sept. 1920, p. 7)

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Hemos tenido acceso al original de MA, con cubierta de Moholy-Nagy en verde y en cuya contraportada se lee: “Jorge-Luis Borges: Vers”.

No sabemos cómo llegó el poema de Borges a Viena -ciudad en la que se habían exilado los vanguardistas húngaros de MA, con Lajos Kassák al frente. Lo más lógico es que lo trajera desde Madrid el polaco Tadeusz Peiper, que por aquellas fechas se encontraba en Viena en contacto con Kassák, Bortnyik y el resto de activistas húngaros en el exilio que publicaban MA.

El motivo de su publicación en MA, sin embargo, es claro, ya que se trataba de una revista de simpatías bolcheviques, y debemos tener en cuenta que Borges llegó a planear por entonces un libro que llevaría por título «Los salmos rojos» o «Los ritmos rojos», compuesto por una veintena de poemas, en verso libre y en homenaje a la revolución rusa. «Rusia» es un canto bolchevista, internacionalista y muy influido por el expresionismo que encajaba perfectamente en la revista húngara. No analizo la traducción porque no tengo idea de húngaro.

Tanto esta versión en húngaro como la francesa de Jacques Lothaire (1922) -que daremos a conocer en un artículo sobre la vanguardia madrileña y catalana en Bélgica para la revista 1611. Revista de Historia de la Traducción) consta de 12 versos (por tanto, no parece basarse en la publicación en original en prosa sino en la versión autógrafa en verso, comprimiendo los dos versos sangrados en uno).

¿A qué se debe esta coincidencia entre las versiones en verso húngara y francesa, frente a la publicación en prosa de Grecia y el manuscrito original del que se eliminan los sangrados?

Estos son los poemas:

RUSIAGrecia, Sevilla, III, 48, 1 sept. 1920, p. 7 (Texto y foto cortesía de Anna Gargatagli)

    La trinchera avanzada es en la estepa un barco al abordaje con gallardetes de hurras: mediodías estallan en los ojos. Bajo estandartes de silencio pasan las muchedumbres y el sol crucificado en los ponientes se pluraliza en la vocinglería de las torres del Kreml (sic). El mar vendrá nadando a esos ejércitos que envolverán sus torsos en todas las praderas del continente. En el cuerno salvaje de un arco iris clamaremos su gesta bayonetas que portan en la punta las mañanas. (ver comentarios)

OROSZORSZÁGMa, 6, évf. 9, sz. 15 sept. 1921, p. 122

    Az elöveritt futóárok sivatagban kikötö bárka
    hajrás lobogókkal
    Delek fröccsentenek a szemekbe
    Csendzászlók alatt marsolnak a tömegek
    És a nyugaton keresztrefeszitett nap
    megsokszorozódik a Kreml tornyainak zsibajában
    A tenger usztatja majd elö ezeket a regim enteket
    melyek torzóikat belegöngyölik
    a kontinens összez tereibe
    Egy szivárvány vad kürtjébe harsogjuk tettüket
    bajonettek
    melyek hegyükön a reggeleket hozzák.

    Ford. Gáspár Endre

Las armas y las letras en las trincheras. Correspondencia entre Philéas Lebesgue y Edmond Adam (1917-1918)

François Beauvy
Président de la Societé des Amis de Philéas Lebesgue
Traducción del francés: Emilio Quintana

    Capítulo II - "De una guerra mundial a otra" (213-219) del libro de F. Beauvy: Philéas Lebesgue et ses correspondants en France et dans le monde de 1890 a 1958.

3637028016_c1526885c3_mLa Primera Guerra Mundial marcó profundamente a las generaciones que la vivieron. La mayor parte de los que mantuvieron correspondencia con Philéas Lebesgue fueron mobilizados y combatieron, de George Duhamel a Emile Guillaumin, de Alphonse de Châteaubriant a Louis Pergaud, por citar solamente a algunos de los más conocidos. Los hubo que, como Pergaud, perdieron la vida en ella. La “Association des écrivains combattans” hizo una lista con 560 escritores “muertos por Francia” y grabó sus nombres en 1927 en el Panthéon.

Philéas Lebesgue, que no era lo bastante joven como para que lo mandaran al frente –tenía 45 años en 1914- permanece en su pueblo. Era el alcalde desde 1908 y, con este título, se encarga de todas las tareas reglamentarias en tiempo de guerra. Esta penosa experiencia le inspira dos libros: Le Char de Djaggernath y La Grande Pitié, que se publican tras el conflicto. Hemos encontrado dos cartas de Philéas Lebesgue, escritas a sus corresponsales durante este período, que muestran lo que siente. La primera (21 febrero 1915) lleva el membrete del Mercure de France y va dirigida a un colega italiano: “Se dice que los pueblos tienen el gobierno que merecen; en todo caso, uno se acostumbra a juzgarlos según los actos de sus gobernantes. La virtud alemana, en tal caso, se ha manifiestado mil veces más indigna que la famosa corrupción francesa. Pero, ¿qué importa? Creo que se puede decir ya (…) que el pueblo de Francia vale mucho más que sus gobernantes, y la batalla del Marne nos ha mostrado los profundos recursos morales que subsisten en nosotros. Ni yo mismo podía haberlo previsto”. Philéas Lebesgue se pone siempre del lado del pueblo: “Nuestra causa francesa, hoy más que ayer, representa la causa de los pueblos. Y nuestro pueblo no tiene otra ambición que la de vivir libre y pacífico. Para convencerse basta con leer las cartas de nuestros soldados”. La segunda carta de Philéas Lebesgue (2 enero 1916) se dirige a un desconocido: “Yo no soy en absoluto un civil cualquiera, perdone la inmodestia, en el sentido de que vivo muy poco en el ambiente de los periódicos o las conversaciones, y que interrogo a cada instante a la vida misma en lo que me puede ofrecer de más inmediato. Y como usted, ya no me siento seguro de nada y no tengo el valor de afirmar nada”. Constata: “El cerebro humano parece de naturaleza invariable, pero no hace falta rascar mucho la piel del hombre civilizado para hacer aflorar al hombre de las cavernas”. Sin embargo, mantiene la esperanza: “Por lo demás, maldito sea el que sienta el desgarro del supremo jirón de sus ilusiones. En cuanto a mí, que albergo a veces los más siniestros y descorazonadores pensamientos, siento la necesidad de tejer a cada instante la bandera de la Esperanza. ¿Cómo vivir sin ella?”.

Desde septiembre de 1914, Philéas Lebesgue mantiene correspondencia con numerosos “poilus”, muchos de ellos escritores y poetas. Entre los más asiduos, hay que citar a François Jaffrennou, pero también a Léon Balzagette, compañero en el Mercure de France y traductor de Leaves of Grass de Walt Whitman. Le escribe también con regularidad el novelista satírico y rebelde George David que, en sus escritos de posguerra, se refiere a lo que ha vivido como “la gran marranada” o “la sagrada marranada”. Pero la correspondencia más emotiva, tanto por su contenido como por la forma en que termina, es sin duda la que mantiene con el poeta Edmond Adam, que escribió poemas y un ensayo entre dos asaltos, en el fondo de la misma trinchera, antes de someterlos a Philéas Lebesgue, al que había tomado como modelo.

La primera carta de Edmond Adam, con el grado de aspirante, llega del frente el 3 de junio de 1917: “Me apresuro a darle las gracias de todo corazón por la crítica elogiosa que se ha dignado hacer de mi modesto soneto en alemán (…) Debo confesarle, para mi gran vergüenza, que mi pequeña vanidad se hincha desmesuradamente cuando leo con avidez sus complacientes líneas que me cubren de flores. La verdad es que no he estudiado más alemán que el necesario para pasar el bachillerato”. Los inicios prometedores de Edmond Adam son también reconocidos por el autor de Cyrano: “En francés tengo el crédito que me valieron en su día los elogios de Edmond Rostand, al que le mandé una balada”. La carta de Edmond Adam termina con una petición: “Me atrevo a pedirle que me examine un rondel recién nacido de estilo medieval. Pero sé demasiado bien lo molestos que son esos malditos poetas que quieren a toda costa que se lean sus versos”. Philéas Lebesgue no supo nunca decir que no. De modo que acepta. El 10 de junio siguiente, Edmond Adam escribe: “He sobrepasado la facultad que me concede su amabilidad: en vez de un rondel, le mando dos”. El 22 de junio, le agradece su “benévola crítica” y le habla de su proyecto de “acometer una renovación de la poesía dramática”. Precisa: “Le voy a revelar el secreto de mi descubrimiento, suplicándole que lo guarde celosamente (…) Quiero aportar al teatro una correspondencia más estrecha entre las ideas, los sentimientos y las situaciones, por una parte, y la expresión, por otra. Se trata de que el estilo siga todas las inflexiones del pensamiento, bien armoniosamente y a través de transiciones flexibles, bien bruscamente –en los golpes de teatro-, usando para ello todos los recursos de la expresión verbal; de los poemas de forma fija (para el adorno) a la prosa más ruda (para la brutalidad y las bellaquerías), pasando por el elegante verso libre para expresar los bellos sentimientos”.

Edmond Adam no escribe de nuevo hasta el 25 de diciembre de 1917. Explica: “En este momento estamos en Avignon por un período de 15 días trabajando en un puente sobre el Ródano y sufrimos mucho de frío y de viento. Volveremos a Versalles hacia el 7 de enero, para pasar los exámenes y, tras un breve permiso, habrá que volver al frente hacia nuevos e inclementes destinos. Este último mes en Versalles ha sido tan tormentoso para nosotros que me ha sido absolutamente imposible hacerle sitio a ningún pensamiento literario”. El 25 de julio siguiente, le agradece a Philéas Lebesgue sus cartas plenas “de ese ánimo literario que para los jóvenes supone un tónico tan potente!”. Añade: “Sí, siguiendo su consejo, procuraré publicar un libro de versos después de la guerra”. Al sentirse alentado, perservera: “Estos días trabajo ardientemente en el plan de una obra de teatro para la que que me he inspirado en un hecho real: una dama había recibido oficialmente a través de varias fuentes, al principio de la guerra, la noticia de la muerte heróica de su marido, del que tenía un hijo. A instancias de sus padres, unos meses después, se casa con un buen hombre del que se ha enamorado, sobre todo después de quedarse embarazada. Unos días más tarde, le anuncian que su marido vuelve desde Alemania, gravemente herido”. Por lo demás, Edmond Adam adjunta un breve ensayo para el que desea conocer la opinión de Philéas Lebesgue. El 15 de agosto de 1917, estando de permiso, escribe: “He aprovechado el tiempo libre para trabajar (…) la técnica del verso libre. Con este objeto, he leído con avidez su Au delà des grammaires (en particular el capítulo dedicado a las leyes orgánicas del verso) y las Notes sur la Technique poétique de Vildrac y Duhamel”. Ha leído también pasajes del Cloître y de Hélène de Sparte de Verhaeren, y saca esta conclusión: “Este verso libre me parece bien poco, porque atiende todavía a demasiadas directivas, y el verso libre con el que yo sueño (…) no tendría más que una guía: la Harmonía, cuyo instrumento de medida es el oído. Me he convertido en un libertario”. Ha empezado su obra de teatro, “que podría llevar por título L´Insoluble” y de la que dice: “Tengo ya esbozadas algunas escenas. Someto a su juicio una de ellas”. Esta escena, redactada según la interesante técnica que ha elaborado, es reveladora de la desesperación de Edmond Adam, al final de la carta, informa: “Salgo para las trincheras pasado mañana”. En sus primeras líneas encontramos estas palabras: “Muerto en esta guerra infame – concurso de muertes, de asesinatos…”, y estos versos:

¿Cómo?
¿Ha muerto por la Humanidad?
¡Una humanidad en la que se degüella!
¿Ha muerto por la Libertad?
¡Una libertad que obliga a las buenas gentes a matar!

El 28 de agosto de 1917 escribe: “!Que gran bienestar me han proporcionado sus dos cartas tan cordiales, tan benevolentes! Me hacen sentir querido, cosa rara en este mundo, y –cosa más rara aún- me hacen sentir comprendido”. Felicita a Philéas Lebesgue por su obra, le habla de lo preciosos que le son sus consejos, y añade: “Le quiero como un hijo, pues usted me ha adoptado en un momento de cambio en mi evolución literaria (…) Me he sentido dulcemente conducido, bajo el dulce calor de sus elogios y sus votos, al gusto nuevo del verso dinámico que aún ignoraba totalmente hace algunas semanas. He comprendido, he sentido y soy un adepto ferviente, hijo de usted en Letras”. Edmond Adam añade: “Sueño con innovaciones audaces. Esta noche, durante unos minutos, toda mi profesión de fe poética ha cruzado mi cerebro; y no he podido evitar tomar al vuelo nota de algunas ideas que podrían constituir una poética. Mi poética, bajo el título de Le Néostiche et le verbe intégral”.

En adelante, Edmond Adam, a pesar de las alertas y los terribles combates, desde el fondo de la trinchera, va a elaborar su ensayo y a escribir sin pausa poemas y breves piezas teatrales contra la guerra, una guerra que hace con gran sentido del deber, pero a su pesar. Todo lo que piensa y escribe, se lo confía a Philéas Lebesgue, al que previene así el 31 de agosto de 1917: “En unas horas voy a trocar la pluma por la espada, interrumpiendo mis queridos pensamientos. Si no volviera, este artículo –que, por lo demás, es el hijo de este discípulo suyo- será de su absoluta propiedad. Pero espero que…”. El 2 de septiembre, 24 horas antes del asalto previsto, le envía un plan de su ensayo, siete páginas, que acaba con una glorificación de la poesía contra “los que se aprovechan” de la guerra y prosperan “en las tierras de los explotados”. Y el 4 de septiembre escribe: “Me he salvado. Ayer por la noche hicimos una incursión enorme (…) Hemos tomado más de 80 prisioneros y muchas metralletas. Mi sección ha hecho saltar por los aires tres refugios y dos observatorios de los boches. Yo he cargado, revólver en mano, en primera línea de asalto junto a los granaderos de élite de la División. Teníamos que recorrer 700 metros bajo la metralla. Todo ha ido bien, con pocas pérdidas por nuestra parte. Estoy contento”. El 14 de septiembre le hace llegar fotos tomadas antes y durante la batalla, con un poema titulado “Les deux Frances” (sic) en el que fustiga al emboscado, “ce cynique, à morgue empanachée”.

El 10 de noviembre siguiente, le envía el esquema de un drama que acaba de escribir, Viviré, un título que revela sus esperanzas y temores. Ha podido estudiar el libro de Robert de Souza sobre Le Rythme en français, del que ha “sacado cosas verdaderamente maravillosas”, y ha “leído también artículos de André Spire publicados en 1912 y 1914 en el Mercure de France y en L´Effort libre”. Tras algunos meses en la “École des éleves officiers” de Versalles, se le nombra subteniente y manda una carta (27 enero 1918) desde La Roche-sur-Yon, donde está de permiso “antes de salir de nuevo para el frente”. El 13 de marzo le responde a Philéas Lebesgue: “Me pide usted que le hable de mis proyectos literarios. ¡Uf! Son inmensos, y no debo olvidar que, tras la guerra, dispondré todavía de menos tiempo que ahora, pues tendré que trabajar para vivir, y soy técnico de Caminos y Puentes, funcionario!!!”.

Sigue trabajando en su “manifiesto literario”, que le manda a Philéas Lebesgue el 2 de mayo de 1918. El 10 de mayo le contesta con una carta de agradecimiento: “Le estoy infinitamente reconocido por las justas indicaciones que me hace a propósito de mi ensayo sobre el Verbe intégral”. Philéas Lebesgue le ha propuesto la posibilidad de publicar el manifiesto en el Mercure de France, a lo que Edmond Adam responde: “En cuanto al Mercure de France, si bien la perspectiva que pone ante mis ojos es tentadora, preferiría renunciar a priori antes que tener que adoptar una forma objetiva y didáctica, que sería opuesta al espíritu y al objeto de mis investigaciones, esencialmente subjetivo y libertario. Y sin embargo, siento un vivo deseo de publicar este opúsculo, que me parece que ha de estimular a los espíritus creativos”. El 16 de junio siguiente, se encuentra en un sector “en plena agitación de alerta” y escribe: “Vivimos horas febriles. Sin embargo, al albur de los acontecimientos, he podido sacar tiempo por la noche para elaborar un apéndice ingenioso a mi ensayo sobre la “Néostiche”, en el que justifico mis reivindicaciones con citas de Boileau (¡el mismo!), Ronsard, La Fontaine, Verhareren, etc…”. El 22 de junio le manda el trabajo: “Con ésta le envío los apéndices que, siguiendo su buen criterio, he resuelto añadir a mi ensayo sobre el “verbe intégral”. ¿Sería abusar demasiado de su extrema bondad, si le pido que me indique aquello que a usted le parezca reprensible?. El 2 de julio vuelve a enviarle nuevos poemas y le pide “un insigne favor”: “¿Me atreveré? … En fin, un prefacio para la “néostiche” y el permiso para dedicarle este humilde ensayo. ¿Abuso de su benevolencia?”. Philéas Lebesgue acepta escribir un prefacio para su ensayo. El 10 de julio le declara: “Mi dedicatoria es un acto de profunda gratitud por todo lo que le he tomado prestado, por todas las fecundas ideas que usted ha hecho germinar en mi espíritu, por toda la benevolencia y los preciosos consejos que usted me ha prodigado”. Pero alberga temores ante un futuro inmediato: “Vivimos hoy en día en una atmósfera tan cargada de tormentas listas para desencadenarse, que he creído más prudente enviarle la copia de mi obra sobre el “verbe intégral” a Maurice Wullens”.

Los acontecimientos se precipitan. El 23 de julio de 1918 escribe: “Vengo de pasar una semana terrible, con la misión de defender un pueblo y de morir allí mismo antes que ceder una pulgada de terreno. Hemos parado otra vez la avalancha, consiguiendo una rutilante victoria sobre el enemigo. Nuestras pérdidas son sensibles. Un cuarto de los hombres de mi C(ompañ)ía faltan a la hora de formar. Pero los que quedan tienen el alma entusiasta y ardiente de los vencedores”. En post-scriptum, Edmond Adam pregunta: “¿Ha visto usted cómo ha mutilado la Censura mis últimos poemas?”. El 25 de julio, declara: “Me gustaría que los lectores de la “Néostiche” pudieran, a través de la forma un poco nebulosa que conscientemente he adopado, extraer las ideas principales del ensayo, y que se vieran provechosamente emocionados”. El 5 de agosto, habla de su fatiga: “Estamos tan agotados mentalmente por el trabajo que tenemos que hacer, así como por el acoso de la artillería enemiga, que un día nos vamos a volver locos (…) Ya no tenemos descanso, ay. Después de 6 días de “farniente”, hemos vuelto al país de las angustias y los sufrimientos”. Por gusto, y puede que también para evitar la censura, Edmond Adam publica, en la revista de Wullens, lo que llama “poemas posmedievales”. Añade: “Al malvado censor le he dedicado un irónico Rondeau publicado en el nr. 3 de Humbles, pero el imbécil me lo ha censurado también creyendo servir a su Patria con la destrucción de 3 versos que no eran de su gusto personal. Son estos:

… Or, si ces piés icy me veult faucher
Les luy mettray où ne fault que je die
Ou mien Censeur!

Esta carta será la última. Diecisiete días más tarde, el 22 de agosto de 1918, un correo de su amigo y camarada de combate Marcel Lebarbier, que Edmond Adam cita a menudo en sus cartas, nos hace comprender que lo han herido gravemente: “El estado de salud de nuestro amigo Edmond Adam ha empeorado esta noche. Por la mañana el médico ha considerado que estaba agonizando. Durante el día su estado ha permanecido estacionario. No se ha perdido aún toda esperanza. ¡Ah, si pudiera salir de ésta! En ningún momento ha recobrado la conciencia”. Pero el 28 de agosto, Lebarbier envía una nueva carta: “!Ya está, se acabó! Nuestro amigo se ha extinguido hace dos días. No le he podido escribir antes. Perdóneme… Mi corazón está de duelo. Le escribiré más tranquilamente en cuanto tenga un momento”.

Le Néostiche et le verbe intégral, la obra a la que Edmond Adam consagró lo esencial de sus fuerzas morales durante el último año de su vida, en un entorno hostil, se publicará cuatro meses después de su muerte, en enero de 1919, en un número especial de Humbles, con prefacio de Philéas Lebesgue.