Salomón de la Selva (1919)

Pedro Henríquez Ureña
El Fígaro, La Habana, 6 de abril de 1919, año XXXVII, número 12

Cartas recientes me anuncian que Salomón de la Selva ha sobrevivido a la Gran Guerra. Son tantos, aun para quienes hemos nacido en países que no tomaron parte en el conflicto, los amigos y los conocidos que han muerto, o de quienes no se tienen noticias aún, que cabía abrigar temores sobre la suerte del poeta.

Salomón de la Selva se había alistado en el ejército de Inglaterra a mediados de 1918, cuando acababa de publicar su primer libro de versos en inglés. Desde mediados de 1917, estaba pronto a entrar en filas, a pelear en la guerra justa: en el training camp había conquistado el derecho a ser teniente; pero el ejército de los Estados Unidos se mostraba reacio a admitirlo si no adoptaba la ciudadanía norteamericana, y el poeta declaró que no abandonaría la de Nicaragua. Al fin, hastiado de gestiones inútiles, se alistó como soldado en el ejército de Inglaterra, patria de una de sus abuelas. Después del aviso de su llegada a Europa, las noticias faltaron durante meses; ahora sabemos que se halla cerca de Londres, y que de cuando en cuando visita los centros de reuniones literarias, donde se le acoge con interés.

Salomón de la Selva nació en León de Nicaragua, hace poco más de veinticuatro años. Cuando contaba doce, llegó a los Estados Unidos, y bien pronto, con rapidez infantil, adoptó el inglés en lugar del castellano, como lengua para sus incipientes ejercicios literarios. Durante unos cuatro años, leyó a los poetas ingleses. Y escribió, escribió torrencialmente. Regresó a Nicaragua; recobró el terreno perdido en su idioma natal; pero el ajeno le era ya más familiar, irrevocablemente, en el orden literario. En 1912 se halla de nuevo en los Estados Unidos, y no los abandona hasta que la pasión de la justicia lo lleva al ejército de los aliados.

Le conocí en 1915, cuando la revista The Forum, de Nueva York, acababa de aceptarle para la publicación de su Cuento del País de las Hadas. Por primera vez una composición suya aparecía en una revista de importancia.

Poco después nos unimos para organizar pequeñas reuniones a que asistían hombres de letras de las dos Américas. Allí, si no me equivoco, empezaron los del Norte a poner atención en la poesía rotunda y pintoresca de Chocano, cuya visión externa del Nuevo Mundo es la más rica que hoy existe, en verso castellano o en verso inglés. Entre los poetas norteamericanos, amigos de Selva, se encontraban Thomas Walsh, pulcro y cultísimo, ameno conversador, lleno de anécdotas sabrosas; William Rose Benét, el místico del Halconero de Dios, con su moderación de modales, y su elevación de ideas; el sencillo y sonriente Joyce Kilmer, caído luego en tierra de Francia…

Después, Selva tuvo muchos amigos literarios, desde pontífices cuya opinión consagra hasta los principiantes que admiran; estuvo de moda en los cenáculos; el pintor y escultor (; John P Rice, catedrático de literatura espanola, traductoe de Chocano y de otros poetas de nuestra lengua; Kermit Roosevelt, hijo del ex-presidente. Se esperaba que, al final de la solemnidad, hablaría Roosevelt, y Mr. Garland así lo excpresó; pero el improvisado discurso de Salomón de La Selva turbaron la atmósfera de las letras norteamericanas, Howells, le dedicó caluroso elogio, sin conocerle personalmente, desde su tribuna crítica de Harper´s Magazine. En fin, hasta causó extraña conmoción en una solemnidad panamericana, atreviéndose a decir verdades duras en presencia de Roosevelt.

Memorable aquel episodio. No estuve presente, pero la prensa y las cartas me informaron de lo ocurrido. La reunión fue en el Club Nacional de la Artes, en febrero de 1917, y la organizaron las principales asociaciones de artistas y literatos. Presidía el poeta y novelista Hamlin Garland. Hablaron, entre otros, Thomas Walsh, el poeta; Alfred Coester, el autor de la Historia literarias de la América Española; el popular dramaturgo August Thomas; Ernest Peixotto, pintor y escritor; John P. Rice, catedrático de literatura española, traductor de Chocano y de otros poetas de nuestra lengua; Kevin Roosevelt, hijo del ex presidente. Se esperaba que, al final de la solemnidad, hablaría Roosevelt, y Mr. Garland así lo expresó; pero el improvisado discurso y los versos de Salomón de la Selva turbaron la atmósfera , y el estadista ilustre no tomó la palabra.: Mr. Garland, intranquilo, cerró la sesión sin pedirle la palabra.

Salomón de la Selva era el último en el programa. La ceremonia había sido larga. «Ya habían dado las once -me escriben; el público estaba fatigado por los muchos discursos y, cuando se anunció a Selva, presintieron otro fastidio, al tener que oír a otro profesor (en aquel entonces, Selva enseñaba en Williams College). la gente comenzaba a marcharse. Pero apenas Selva comenzó a hablar, nadie pensó en abandonar el salón, y hasta regresaron los que se habían levantado para irse. El fuego de sus palabras se comunicó al auditorio que le escuchó con atención y le aplaudió con furia. «Durante toda su disertación -escribe una dama- sus cabellos estaban erizados». Inconscientemente -escribe un poeta norteamericano, lanzó a Roosevelt una mirada de fuego.

[…]

El primer libro de versos de Salomón de la Selva, Tropical Town and Other Poems, sorprende por su variedad de temas y de formas. Hay quienes se sienten desorientados entre tanta riqueza, y no saben dónde hallar el hilo de Ariadna para el laberinto. A esos podría atormentárseles diciéndoles que aún hay más, mucho más, en la obra de Salomón de la Selva -otros temas y otras formas que no hallan cabida en el volumen, y que, desde luego, hay más, mucho más, en su personalidad.

Para mí, la fuerza de unidad que anima su obra está en el delirio juvenil que se apodera del mundo por intuiciones rítmicas, intuiciones de color, de forma, de sonido, de fuerza, de espíritu: todo se inflama bajo su toque.

Pero no es exclusivamente intuitivo, sino que posee cultura poética, honda y gran caudal de recurso artísticos. Según el consejo de Stevenson – incomparable maestro de técnica literaria -, se ejercitó en todos los estilos: le he visto ensayar desde la lengua arcaica y los endecasílabos pareados de Chaucer, hasta el free verse de nuestros días * * *

Su poesía se distingue ya, en el país donde comenzó a escribir, porque posee elementos que no abundan en los Estados Unidos:

imágenes delicadas y música verbal. La imaginación norteamericana propende al realismo, a las concepciones claras y sin ornamentación:

cuando se exalta, tiende a lo vasto sin contornos * * * Fuera de Poe, apenas hay imaginativos, sino de grandes magos del ritmo.* * * En cambio, Inglaterra es patria, no sólo de grandes poetas imaginativos. En Inglaterra, pues, mucho más próxima que Norteamérica a la cultura y a los gustos latinos, encontrará Selva el campo propio para su desarrollo ulterior * * *

He discurrido ya tan largamente en torno de su obra, que apenas me queda espacio para dar idea de sus temas. Desde luego me aventuro a afirmar que el primer deber literario de todo hispanoamericano que sepa inglés es leerle; el segundo deber será traducirle: lo cual no seria favor, sino gratitud, porque Selva ha vertido al inglés a no pocos de nuestros poetas.

La parte más interesante del libro es, para nosotros, la sección Mi Nicaragua, colección de acuarelas sorprendentes por lo delicadas y justas * * * Las otras secciones tienen menos cohesión: hay paisajes de la Nueva Inglaterra, madre espiritual de los Estados Unidos; hay versos de ira y de amor para la tierra en que escribía sus versos ingleses (¡oh Rubén Darío, autor a un tiempo mismo de la Oda a Roosevelt y de la Salutación al Aguila!); hay canciones inspiradas en canciones populares o en las rimas infantiles de su hermana; hay poemas inspirados por obras de arte – Bach, Giorgione, Cellini -; hay creaciones de fantasía que se agita «en danzas etéreas», como el encantador Cuento del País de las Hadas; hay salmos de amor ideal y hay gritos crueles sobre el hambre y el odio. Y todo lo ha vivido el poeta. El lo dice: «He de vivir las canciones que canto para salvarlas de la muerte» Si, aunque «el decir las cosas bien» aparezca como signo de artificialidad a los ojos de los superficiales. Es verdad. Todo lo ha vivido el poeta.

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