Archivo del Autor: Emilio Quintana

Can Atilla: Symphony No. 2, «Gallipoli – The 57th Regiment» (Bilkent Symphony Orchestra, Bürak Tüzün, Naxos, 2017)

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

    Reseña | Can Atilla: Symphony No. 2, "Gallipoli - The 57th Regiment". Bilkent Symphony Orchestra, Bürak Tüzün, Naxos, 2017.

Conocemos numerosos testimonios artísticos de la importancia que la campaña de Gallipoli tuvo a la hora de conformar la conciencia nacional de Australia y Nueva Zelanda, que fueron los ejércitos aliados que lucharon contra los otomanos en esos acantilados.

Sin embargo, se ha difundido menos la visión turca del enfrentamiento, en el que participó el padre fundador de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Atatürk. Uno de sus grandes difusores es el compositor Can Atilla (Ankara, 1969), que en 2012 le puso banda sonora a Çanakkale 1915, película turca que alcanzó cierto eco en Occidente.

A partir de la citada banda sonora, Atilla ha compuesto una sinfonía (2014), que no es un réquiem de guerra, sino una larga y demorada elegía de una hora, para orquesta, chelo (que actúa como elemento concertante) y voz de soprano.

Hay dos aspectos que resaltan inmediatamente al escucharla, en esta excelente versión de Naxos (grabada e interpretada por artistas turcos en su totalidad; algo que no sé si hoy sería posible, teniendo en cuenta las circunstancias políticas del país): por una parte, la fuerte impronta cinematográfica de la obra, que deriva de su origen primero, creando una atmósfera muy visual a través del sonido; por otra, la mezcla de referentes musicales, que le dan a la sinfonía un marcado carácter postromántico, que puede resultar modernamente anacrónico en un contexto turco (Mahler, Schumann, Wagner, Shostakovich, Britten…).

La obra está compuesta con motivo del centenario de la batalla de Gallipoli (2015). Fue estrenada en Ankara en presencia de más de 30 representantes de diferentes países, entre los que se contaba Carlos de Inglaterra. Por eso, a pesar de su carácter nacionalista (en referencia al heroísmo del 57 Regimiento Otomano, del que no sobrevivió un solo hombre), contiene un homenaje enormemente respetuoso por los soldados «anzac», que queda reflejado en las intervenciones de la soprano Angela Ahiskal, cuando canta unas palabras de Atatürk, en las que rinde homenaje a los soldados aliados y sus madres (tercer movimiento), y cuando canta -con reminiscencia de canciones folclóricas traídas desde el otro lado del mundo- el poema de John Le Gay Brereton (soldado Anzac) «Within my heart I hear to cry».

Esta nueva sinfonía de la Gran Guerra mantiene el carácter programático que es habitual en el género. Podrían citarse muchos ejemplos, como que el solo de chelo del segundo movimiento pretende retratar los sentimientos del Coronel Hüseyin Avni Bey, comandante del citado 57 regimiento turco (a tal nivel de detalle se llega). Este cedé de Naxos es muy digno, por calidad y precio. Y tiene a su favor el cromatismo nacional que se deriva de los participantes en la ejecución.

Borges y la antología «Die Aktions-Lyrik, 1914-1916» (Aproximación de Borges en 1921 en la revista «Ultra» de Madrid)

Carlos García
Hamburgo, Alemania
[carlos.garcia-hh@t-online.de]

[Este estudio es una ligera revisión efectuada por el autor en septiembre de 2016 del capítulo XII del libro El joven Borges y el expresionismo literario alemán. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba, 2015, con el fin de que se adapte a las características de la revista online Hallali].

borges-en-mallorca-1919A un siglo del desastre, podemos comprender y juzgar hoy mejor lo ocurrido entre 1914 y 1918, en la llamada Gran Guerra. Millones de entusiastas voluntarios se inmolaron en aras del capital y de la estupidez de la clase dirigente, sobre todo de Alemania, Austria, Serbia, Rusia, Inglaterra y Francia. Muchos de los jóvenes que marcharon a la guerra cantando, retornaron tiesos en un ataúd, o se pudrieron descuartizados en el campo de batalla, donde se probaron por primera vez armas de destrucción masiva: nuevas bombas, lanzallamas, tanques, aviones, gases. La Primera Guerra Mundial marcó con sus nefastas consecuencias todo el siglo XX e influencia aún hoy, siquiera en parte, algunos conflictos a nivel mundial.

Fue indiscutido mérito de Franz Pfemfert y su revista Die Aktion el advertir desde el comienzo en contra de la guerra. Al jubiloso patriotismo de los gobiernos y de gran parte de las masas, al nacionalismo ciego, a la irracionalidad, opuso una visión universal, humanística de izquierdas, en un discurso coherente y, sobre todo, incansable. A las fantasías heroicas, opuso una versión realista, descarnada, a veces desesperada y a veces cínica de la guerra.

Sus armas fueron la agitación política, pero también la agitación poética. Ello se manifestó no sólo desde las páginas de Die Aktion, sino en una serie de siete libritos que la editorial dio a luz entre 1916 y 1922, bajo el común título de Die Aktions-Lyrik. He aquí el listado completo:

    1. Die Aktions-Lyrik. 1914-1916. Eine Anthologie («La lírica de la Acción», 1914-1916. Una antología), 1916.
    2. Jüngste Tschechische Lyrik. Eine Anthologie («La más nueva poesía checa. Una antología»), 1916. Entre los traductores figuraban dos personas relacionadas con Kafka: Otto Pick, un amigo de juventud, y Ernst Pollack, marido de su posterior amada Milena Jesenská.
    3. Gottfried Benn: Fleisch. Gesammelte Lyrik («Carne. Lírica reunida»), 1917.
    4. Wilhelm Klemm: Aufforderung. Gesammelte Verse («Exhortación. Versos reunidos»), 1917.
    5. Theodor Däubler (traductor): Der Hahn («El gallo»), 1917.
    6. Maximilian Rosenberg: Umwelt («Mundo circundante»), 1919. Hoy se traduciría el título por «Medio ambiente», pero ello falsificaría el asunto, suscitando en el lector asociaciones diferentes a las que se perseguían en 1919, que nada tenían que ver con la ecología.
    7. Oskar Kanehl: Die Schande («La vergüenza» o «El oprobio»), 1922. Contiene “Poemas de un soldado involuntario de la temporada asesina 1914-18”.

Este último libro es quizás el más encendido políticamente de toda la serie, pero las cotas poéticas más altas estan dadas, a mi entender, por los de Benn [3] y Klemm [4], así como por la primera «Antología», que paso a comentar.

altion-borgesDie Aktions-Lyrik. 1914-1916. Eine Anthologie (“La lírica de La Acción”, 1914-1916. Una antología), 1916.

Borges la reseñó en 1921 bajo el título: “Horizontes”: Die Aktions-Lyrik – 1914-1916.- Berlin” (Ultra 16, Madrid, 20-X-1921, p. [2]). Se trata de un volumen que estaba dedicado a poemas escritos desde el frente de la Primera Guerra Mundial, y traía versos de los siguientes autores [entre paréntesis anoto la cantidad de poemas de cada autor; de los autores marcados con asterisco trae Borges citas en su reseña]:

Kurt Adler (12)
Ludwig Bäumer (7)
Georg Davidsohn (1)
Walter Ferl (4) (*)
Jomar Förste (3)
Georg Hecht (1)
Hugo Hinz (1)
Oskar Kanehl (4) (*)
J. T. Keller (3) (*)
Wilhelm Klemm (12) (*)
Hans Koch (4)
Edlef Köppen (7),
Alfred Lichtenstein (1)
Erwin Piscator (3)
Otto Pick (1), perteneció al mismo grupo que el joven Kafka.
Hermann Plagge (3) (*)
Anton Schnack (4)
Hugo Sonnenschein (1)
Wilhelm Stolzenburg (2)
Alfred Vagts (4) (*)
Franz Werfel (2), otro amigo de juventud de Kakfa.

Al pie de la primera de las páginas dedicadas a algunos autores aparece en el libro un recuadro negro: allí se informa, cuando es el caso, que el poeta en cuestión falleció en el frente:
adlerKurt Adler: a la edad de 24 años en los primeros días de julio de 1916.
Walter Ferl: El 4 de octubre de 1915, a la edad de 23 años.
Georg Hecht: el 14 de mayo de 1915, con treinta años.
Hugo Hinz: con veinte años, el 7 de diciembre de 1914.
Alfred Lichtenstein: el 25 de septiembre de 1914, a la edad de 23 años.

Al fallecimiento de Adler dedica Erwin Pistorius además su poema “Kurd Adler getötet! (Juli 1916): ¡Kurd Adler asesinado! (Julio de 1916)”. Especialmente dramático es el caso del epígrafe al poema Klage in den Mond («Queja a la luna”), de Walter Ferl, en el que aparece la siguiente nota:

«El 4 de octubre de 1915, el día de su propia muerte, dedicó Walter Ferl este poema a su amigo muerto el día anterior, Richard Hirschfeld».

Algo similar, aunque ligeramente menos patético, ocurre con Alfred Lichtenstein. De su poema publicado en la Antología dice el editor que se trata del último que escribiera: está fechado el 16 de septiembre de 1914, nueve días antes de morir en el frente. De Lichtenstein se informa además, como excepción, que procedía de Wilmersdorf, barrio berlinés en que también estaba situada la redacción de la revista que dirigía Pfemfert, indicio de que quizás eran amigos… Si reproduzco estos detalles es para que el lector se sitúe mentalmente en la época, e intente leer el libro con los ojos del joven Borges.

Paso ahora a recopilar y comentar los fragmentos de los autores menores citados por Borges en su reseña 1. De más está decir que mis versiones no pretenden enmendar la plana a Borges, ni competir con él. Mi pedestre traducción aspira, apenas, a subrayar las variantes que Borges introdujo más o menos sutilmente en la suya.

1. Julius Talbot Keller (Aachen, 1890-1946)
Escritor y arquitecto alemán, colaborador de Die Aktion. La editorial de la revista publicó en 1918 su poemario Durchblutung, de menos de 30 páginas. En 1917, Keller abandonó el campo de batalla y se radicó brevemente en Suiza. Borges menciona sólo aquí a Keller. El fragmento citado reza:

Chillan las balas,
Pájaros astrales
De una fauna metálica sin sangre.

El original tiene otra repartición del texto, y dice (p. 50): «Geschosse beginnen zu zwitschern, astrales Gevögel aus einer blutlosen Metallfauna».
Una traducción más literal sería, pues, la siguiente: «Balas comienzan a trinar, pájaros astrales de una fauna metálica sin sangre» 2.

walter-ferl2. Walter Ferl (1891-1915)
Maestro (1911) y poeta alemán, muerto en la Primera Guerra Mundial, cerca de Frezenberg, en Francia. Su único libro: Hinter der Front. Sonette [Detrás del frente. Sonetos] Leipzig: Xenien-Verlag, 1914, 30 pp. (los poemas fueron escritos durante los tres primeros meses de la guerra.) Ésta es la única vez que Borges lo menciona:

Los heridos en las ventanas
como plantas marchitas

El verso de Ferl, procedente del poema titulado “Verwundete: Heridos” (p. 31) reza en alemán: «Wir ranken an den Fenstern auf wie Gewächse in kargen Töpfen».

Nótese que Borges cambia no sólo el contenido, sino también la voz poética, que en alemán dice: «Crecemos de las ventanas como plantas trepadoras [crecen] de pobres macetas».

kanehl3. Oskar Kanehl (Berlín, 1888-1929, suicidio) 3
Poeta, dramaturgo, director teatral y agitador político (de izquierda) alemán, Doctor en Filosofía (1913), uno de los editores de la revista Wiecker Bote (1913-1914), colaborador de Die Aktion y otras. En Die Aktion (III, 23-VIII-13, 813-815), publicó: “Futurismus. Ein nüchternes Manifest“: “Futurismo. Un manifiesto sobrio” (reproducido en Asholt / Fähnders 59).

En la Antología que nos ocupa aparecieron cuatro poemas de Kanehl: “Unterwegs”, “Auf dem Marsch”, “Schlachtfeld”, “Vormarsch im Winter” (pp. 44-47). Su obra lírica contra la guerra fue publicada años más tarde en forma de libro: Die Schande. Gedichte eines dienstpflichtigen Soldaten aus der Mordsaison 1914-18 [«La vergüenza o El oprobio de un soldado involuntario en la temporada asesina 1914-1918»] Berlín: Verlag der Aktion, 1922. La línea citada por Borges reza:

Las copas de los árboles penden como globos cautivos.

En original (p. 47): «Baumkronen hängen als groteske Fesselballons über der Erde».
Mi propuesta: «Las copas de los árboles penden sobre la tierra como grotescos globos cautivos» 4.

4. Hermann Plagge (Weener, 1888-Mainz, 1918)
Poeta alemán. Estudió filología moderna en Múnich y Berlin. Durante la Primera Guerra Mundial, en la que fue soldado, publicó poemas en Die Aktion y en Wiecker Bote (revista dirigida entre otros, como mas arriba queda dicho, por Oskar Kanehl). Murió accidentalmente, ahogado en el Rhin, sin haber llegado a publicar libro alguno. Borges lo menciona sólo aquí, al traducir parte del poema “Die Schlacht» («La batalla”, p. 97):

Sobre nosotros chorrean los schrappnels y cantan los insectos de las balas.
A un muerto lo arrojan por el parapeto como lastre de un barco,
y una tropa de hombres temerarios corren como jugadores de football.
De pronto no se sabe por qué está sin segar el trigo y las patatas se pudren,
y por qué hay formas pardas que hacia nosotros avanzan
enormes en la tarde
y alzan las manos en alto como mendigos extáticos.

Según insinué arriba, Borges deja de lado varios versos: de un total de 13, Borges traduce sólo los versos 4-6 y 10-13, sin señalar la cesura (entre “barco” y “y una tropa”):

Über uns zerspritzen die Schrappnells – singen die Insekten der Gewehrkugeln
Irgendwo im Graben schreit man kläglich nach Sanitätern
Ein Toter wird über die Brustwehr geworfen wie Ballast aus einem Schiff […]
und ein Trupp Verwegener rennt wie Fußballspieler davon.
Man weiß plötzlich nicht, warum das Korn hier nicht geschnitten ist und die Kartoffeln
faulen,
und warum die braunen Gestalten im Abend groß uns entgegenschreiten
und die Hände hochrecken wie verzückte Beter.

Mi versión:

Sobre nosotros chorrean al explotar los schrappnells – cantan los insectos
de las balas de fusil
Un muerto es arrojado por el parapeto como lastre de un barco, […]
y un grupo de hombres temerarios se escapa corriendo como jugadores
de fútbol.
De pronto no se sabe por qué está sin segar el trigo y se pudren las papas
y por qué las formas pardas avanzan grandes hacia nosotros en la tarde
y levantan las manos como mendigos arrobados.

lissauer 5. Ernst Lissauer (Berlín, 1882-Viena, 1937)
Conviene aclarar un malentendido. Según Juan Manuel Bonet, en su hercúleo y justamente reputado Diccionario de las vanguardias en España (Madrid, 1996, s.v. «Grecia»), dice que Borges habría traducido también un poema de Lissauer. La atribución, empero, es incorrecta. Por un lado, es muy improbable que Borges se interesara en Lissauer, ya que éste era nacionalista, antisemita y anglófobo. Véase por ejemplo su famoso “Haßgesang gegen England»: «Canto de odio contra Inglaterra”, en Deutsche Dichtung im Weltkrieg, 1914-1918. Bearbeitet von Ernst Volkmann («Poesía alemana en la Guerra Mundial, 1914-1918». Editada por Ernst Volkmann] Leipzig: Reclam, 1934, 92-93.

Por otro lado, la entre tanto aparecida reedición facsimilar de la revista Grecia (1998) permite comprobar que el poema de Lissauer en ella publicado fue traducido por el poeta español Rogelio Buendía 5.

pfemfert6. Franz Pfemfert (Gizycko, 1879-México, 1954)
No parece justo cerrar este capítulo sin dedicar algunos renglones a Pfemfert, el espíritu rector de Die Aktion. La vida de Pfemfert tiene varios aspectos curiosos.

Nació en una ciudad prusiana, que hoy pertenece a Polonia, llamada en su momento Lötzen, y ahora Gizycko. Pasó muy temprano con su familia a Berlín, donde comenzó sus estudios. Tras la muerte del padre, sin embargo, la madre decidió que él debía ocuparse del negocio de aves y pescados que pertenecía a la familia. Pfemfert prefirió huir y refugiarse un tiempo en casa de su abuelo, en Lötzen. De allí se fue por un año con un circo ambulante. Comenzó a publicar en órganos de izquierda o anarquistas hacia 1904 (Kampf, Der arme Teufel, Das Blaubuch, etc.). En 1910 fue “Schriftleiter” (redactor) de la revista Der Demokrat, de tendencias radical-democráticas.

Por una desaveniencia con el editor, Pfemfert se apartó de esa publicación y fundó Die Aktion, cuyo primer número apareció el 20 de febrero de 1911. Pfemfert fue un apasionado pacifista de izquierdas, cuya pertenencia a algún partido político fue cambiando con el tiempo, pero siempre a la izquierda del socialdemócrata y el comunista, a quienes reprochaba su actitud ante la guerra. Si en 1915 había fundado el “Partido Antinacional de Socialistas” (“Antinationale Sozialisten Partei”), en 1919 pertenecía ya al Partido Comunista de Alemania (“Kommunistische Partei Deutschlands”, Spartakusbund). A partir de 1921 apoyará la organización unificada de la “Unión de Trabajadores” (“Arbeiter Union-Einheitsorganisation”, AAU-E). Participó activamente en la revolución alemana de 1918 (“Räterepublik”).

Pasada la Gran Guerra, su revista pudo retomar el trato de temas políticos que la censura le había prohibido durante los años del conflicto. Pfemfert, sin embargo, se fue aislando de los demás, por sus posturas dogmáticas y su falta de talante contemporizador. Con el advenimiento del nazismo, emigró primero a Checoslovaquia (1933) y luego a Francia (1936), donde fue internado algunas semanas en un campo de concentración por el régimen de Vichy (1939). Logró abandonar Francia vía Marsella en 1940. En 1941 se radicó en México. Allí mantuvo contacto personal con Trotzki, con quien había tenido trato epistolar desde 1927. Desde que abandonara Alemania pasó junto a su mujer (Alexandra Ramm) penurias económicas, a pesar de que ambos intentaron solventar los gastos abriendo un taller de fotografía (actividad que ambos ya habían practicado antes en su país). Independientemente de sus actividades políticas, que el lector deberá juzgar por su cuenta, creo que puede sentirse admiración por la constancia insobornable de Pfemfert y por su incansable obra como editor.

Su obra máxima es, claro, la revista Die Aktion, de la cual existen diversas ediciones. En su artículo de Ultra, Borges trae también algunos versos de otros poetas, pero de ellos y de esos fragmentos me he ocupado, como quedó dicho, en sendos capítulos de mi libro. Así concluye Borges su texto de 1921:

Claro que “1914-1916” tiene, como todas las antologías, un carácter de cosa desigual y fragmentaria. Pero también campea en sus páginas un gran calor de corazón, cualidad notable y extraña si lo contrastamos con la fecha de su génesis. Fecha en la cual hasta los virtuosos de la sonrisa marginal como France y los profesionales del lustrabotismo democrático como Almafuerte se olvidaron de su actitud y celebraron con un entusiasmo a la vez inexperto y periodístico las excelencias de la guerra.

(Hamburg, 15-XII-2015 / 19-IX-2016)

BIBLIOGRAFIA

[Señalo con asterisco (*) los libros poseídos o, cuando menos, leídos por Borges en su juventud. Recojo todos los que me son conocidos, aunque no guarden relación directa con el tema de este trabajo.].

Asholt, Wolfang / Fähnders, Walter (Eds.): Manifeste und Proklamationen der europäischen Avantgarde (1909-1938). Stuttgart / Weimar: Metzler, 1995.

Autores varios: Vom Jüngsten Tag. Ein Almanach deutscher Dichtung auf das Jahr 1917. [Del Juicio Final. Un almanaque de poesía alemana para el año 1917]. Leipzig: Kurt Wolff Verlag, 1916. (*)

Autores varios: Der Almanach der „Neuen Jugend“ auf das Jahr 1917. Ed. Heinz Barger. [El almanaque de la «Nueva Juventud» para el año 1917]. Berlin: Verlag Neue Jugend, 1917 (recte: 1916), 181 (192) pp. En última página, rúbrica de Borges; más señas en otras páginas, incluidos dibujos. Índice: Martin Buber: Aus einem Rundschreiben von Ostern 1914. Anette Kolb: Epilog zu den Briefen an einen Toten. Johannes R. Becher: An die Soldaten der sozialistischen Armee. Theodor Däubler: Die Glanzperle; Hymne an Friedrich Nietzsche; Orpheus Tod; Orphische Nacht. J. A. Rimbaud: Die Raben. A. Palazzeschi: Habel. J. M. de Heredia: Flucht von Kentauren. R. Hülsenbeck: Phantasie. Walt Whitman: Aus dem Zyklus: Ausgehend von Paumanok. Gustav Landauer: Walt Whitman. Mynona (i.e. Salomo Friedländer): Krieg, sagte der Irrsinige, Krieg ist unmöglich – ist ewig unmöglich. L. Frank: Der Vater. W. Schücking, «Marburg»: Deutschland im Haag. Alfred Ehrenstein: Café «Prag». P. Adler: An die Herrscher. Else Lasker-Schüler, 7 Gedichte: Ich bin so allein; Dem Goldprinzen; An Tristan; An den Gralprinzen; An den Prinzen Tristan; An den Ritter aus Gold; Nachklänge. Franz Werfel: XXXX. Spruch a. d. XXXXIIII Sprüchen des Landstreichers Laurentin. F. W. Förster: Aus «Die Kriegsromantiker hinter der Front». Ludwig Meidner: Nächte des Malers. Salomo Friedländer: Goethes Farbenlehre. E. Bernstein, «M.d.R»: Der nationale Gedanke beim Philosophen Fichte und bei Ferdinand Lasalle. F. Held: Menschenopfer. Alfred Lichtenstein: Soldatenlieder. A. Lemm: Brief an Alfred Lichtenstein. W. Herzfelde: Der letzte Mensch; Schrei der Nacht; Zwei Sonette aus der Schulzeit. Georg Grosz: Beim Durchgehen der Garderobe. Georg Büchner: Der Hessische Landbote. Heinrich Mann: Der Bruder. P. J. Jouve: Les voix d’Europe. Georg Trakl: Elis. Franz Kafka: Ein Traum. Quellenangabe. (Werke der Almanach-Mitarbeiter.) Ilustraciones: Georg Grosz, dibujos: Die Kirche; Die Fabriken; Strassenbild; Kaffeehaus. Oskar Kokoschka, dibujo: Porträt des Prof. Schücking-Breslau. Ludwig Meidner, dibujo: Biblische Gestalt. Anuncios: Die Neue Jugend Berlin; Autorenabende, Vortragsleitung: Die Neue Jugend. Publikationen um Die Neue Jugend, Sonderdrucke. Georg-Grosz-Mappe, 8 Lithographien. 8 Köpfe. Eine Mappe mit Lichtdrucken nach Originalzeichnungen von Ludwig Meidner. (*). [Este volumen reviste una singular importancia, ya que, a través de él, Borges descubrirá a varios autores, de los que volverá a ocuparse a lo largo de decenios: Whitman, Becher, Kafka, Buber, Werfel].

Bahr, Hermann: Expressionismus. München: Delphin Verlag, (1914) 1920 (*). Borges regalaría su ejemplar a Guillermo de Torre, según relata Patricia Artundo en su monografía sobre Norah Borges. En El Pan-Klub se conserva un ejemplar que perteneciera a Borges, con rúbrica y fecha (“1920”) autógrafas en portadilla. Existe traducción al castellano.

Becher, Johannes R. (1914): Verfall und Triumph, Teil 1-2. [Decadencia y triunfo. Partes 1-2]. Berlin: Hyperion-Verlag, 1914. (*) Reimpresión: Nendeln: Kraus reprint, 1973.

Becher, Johannes R. (1916): Verbrüderung. Gedichte. [Fraternidad. Poemas]. Leipzig: Kurt Wolff Verlag, 1916 (Der Jüngste Tag, 25). (*) Ejemplar en Pan-Klub.

Becher, Johannes R. (1916): An Europa. Neue Gedichte. [A Europa. Nuevos poemas] Leipzig: Kurt Wolff Verlag, 1916. (*) Reimpresión: Nendeln: Kraus reprint, 1973. Ejemplar en Pan-Klub.

Becher, Johannes R. (1938): Der Glücksucher und die sieben Lasten. Ein hohes Lied (El buscador de suerte y los siete vicios. Un cantar de los cantares). Moscú, 1938. (*)

Borges, Jorge Luis (1921): “Horizontes”: Die Aktionslyrik – 1914-1916.- Berlin”: Ultra 16, Madrid, 20-X-1921.

Borges, Jorge Luis (1997): Textos recobrados, 1919-1929. Barcelona: Emecé, 1997.

Borges, Jorge Luis (1999): Cartas del fervor. Correspondencia con Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda, 1919-1928. Prólogo: Joaquín Marco. Notas: Carlos García (pp. 243-343). Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Emecé, 1999.

Die Aktion. Reprint der Jahrgänge 1-8 (1911-1918). Eingeleitet und kommentiert von Paul Raabe. Kösel: Stuttgart, 1961-1967. En pp. 7-128: Paul Raabe: „Einführung, Zeugnisse, Verzeichnisse, Nachwort“.

Die Aktion. Reprint der Jahrgänge 9-22 (1919-1932). Nendeln: Kraus Reprint, 1976.

Die Aktion. Kompletter Reprint (ohne reine Anzeigenseiten): Jahrgänge 1-22 (1911-1932), in 15 Bänden mit Einführung und Kommentar von Paul Raabe. Kraus Reprint: Millwood, N.Y. 1983.

Druvins, Ute: Oskar Kanehl. Ein politischer Lyriker der expressionistischen Generation. Bonn: Bouvier Verlag Herbert Grundmann, 1977 (Literatur und Wirklichkeit, 19).

Ehrenstein, Albert: Nicht da, nicht dort. [«Ni allí, ni allá. Prosa»] Leipzig: Kurt Wolff Verlag, 1916 (Der Jüngste Tag, 27/28). (*) Rúbrica de Borges en la página del índice. Volumen mencionado en la correspondencia con Maurice Abramowicz (misivas N° 13, c. 23-IX-1920, y N° 14, 3-X-1920; Cartas del fervor), quien se lo procuró desde Ginebra.

Fechter, Paul: Der Expressionismus. München: R. Piper, 1914 (42 Abbildungen). (*)

Ferl, Walter: Hinter der Front. Sonette. Leipzig: Xenien-Verlag, 1914.

García, Carlos (1996): “Las armas y las letras”: Proa 23, Buenos Aires, mayo-junio de 1996, 157-161 (sobre Ernst Stadler; cf. texto ampliado en 2015, cap. II).

García, Carlos (1998a): “Borges inédito. Bibliografía virtual, 1906-1930”: Variaciones Borges 5, Aarhus (Dinamarca), enero de 1998, 265-276 (28 asientos).

García, Carlos (1998b): “Borges y Hélène (von Stummer). Un temprano amor (desconocido)”: Proa 36, Buenos Aires, julio-agosto de 1998, 85-87 (texto ampliado en 2015, cap. VI).

García, Carlos (1999a): “Órgano (Ludwig Rubiner. Trad. CG)”: Patricia Artundo: “Entre ‘La Aventura y el Orden’: Los hermanos Borges y el ultraísmo argentino”: Cuadernos de Recienvenido 10, Sâo Paulo, marzo de 1999, 88 (texto ampliado en 2015, cap. XV).

García, Carlos (1999b): Notas a Cartas del fervor (Borges 1999).

García, Carlos (2000): El joven Borges, poeta (1919-1930). Buenos Aires: Corregidor, 2000.

García, Carlos (2015): El joven Borges y el expresionismo literario alemán. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba, 2015.

Haug, Wolfgang (Ed.): Franz Pfemfert. Ich setze diese Zeitschrift wider diese Zeit. Sozialpolitische und literaturkritische Texte. Darmstadt: Luchterhand, 1985.

Heynicke, Kurt: Gottes Geigen. Gedichte [Los violines de Dios. Poesías]. München-Pasing: Roland-Verlag (Dr. Albert Mundt), 1918, 47 pp. Nendeln: Kraus Reprint, 1973. (*)

Heynicke, Kurt: Das namenlose Angesicht. Rhythmen aus Zeit und Ewigkeit. [El rostro sin nombre. Ritmos de tiempo y eternidad] Leipzig: Kurt Wolff Verlag, 1919 („Gedruckt bei Poeschel & Trepte in Leipzig“). (*) Nendeln: Kraus Reprint, 1973. Manejo un ejemplar original, de la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg; existe otro en la biblioteca del Literaturwissenschaftliches Seminar, Hamburg.

Heynicke, Kurt: Der Kreis. Ein Spiel über den Sinnen [El círculo. Una obra (o “un juego”] por encima de los sentidos»). Berlin: Erich Reiß Verlag, 1920 (otoño europeo; estrenada el 2-X-20). (*) Libro aludido en carta de Borges a Abramowicz de la segunda quincena de octubre de 1920: Cartas del fervor, 120-121, N° 17.

Klemm, Wilhelm: Traumschutt. Gedichte. Umschlagzeichnung von Wilhelm Klemm. Hannover / Leipzig / Wien / Zürich: Paul Steegemann Verlag (Gedruckt als 65.-66. Band der Sammlung Die Silbergäule bei Edler & Krische, Hannover), 1920, 30 pp. (*). Utilizo un ejemplar de la Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen.

Pansaers, Clément: “La pintura expresionista alemana”: Cosmópolis 41 (tomo XI, año IV), Madrid, mayo de 1922, 161-162. (*)

Pfemfert, Franz (Ed.): Die Aktionslyrik – 1914-1916. Eine Anthologie. Berlin: Verlag Die Aktion, 1916. (*)

Pinthus, Kurt (Ed.): Menschheitsdämmerung. Ein Dokument des Expressionismus. Reinbek: Rowohlt, 1993 (Reed. aumentada de: Menschheitsdämmerung. Symphonie jüngster Dichtung. Berlin: Rowohlt, 1920.)

Raabe, Paul (1992): Die Autoren und Bücher des literarischen Expressionismus. Ein bibliographisches Handbuch. In Zusammenarbeit mit Ingrid Hannich-Bode. Stuttgart: Metzler, (1985) ²1992.

Rietzschel, Thomas (Ed.): Die Aktion, 1911-1918. Wochenschrift für Politik, Literatur und Kunst. Eine Auswahl. Köln: DuMont, 1987.

Rubiner, Ludwig: “Organ”: Zeit-Echo 3, cuadernos 1-2, Zurich, mayo de 1917, 1-2 (apareció sin firma). Trad.: Carlos García: “Órgano”: apéndice a Patricia Artundo: “Entre ‘La Aventura y el Orden’: Los hermanos Borges y el ultraísmo argentino”: Cuadernos de Recienvenido 10, Sâo Paulo, marzo de 1999, 88. Reproducido en este volumen, cap. XV.

Soergel, Albert: Dichtung und Dichter der Zeit. Eine Schilderung der deutschen Literatur der letzten Jahrzehnte. Leipzig, 1911. (*)

Soergel, Albert: Dichtung und Dichter der Zeit. Eine Schilderung der deutschen Literatur der letzten Jahrzehnte. Neue Folge. Im Banne der Expressionismus. Leipzig, 1925. (*) Borges lo menciona en “Deutsches Requiem”.

Stramm, August: Du. Liebesgedichte. Berlin: Verlag Der Sturm, 1915; ³1919 (*); 4-51922. (Leído por Borges hacia agosto de 1920, en Europa)

Torre, Guillermo de: “El movimiento ultraísta español”: Cosmópolis 23, Madrid, noviembre de 1920, 473 (mención de Borges como “expresionista concentrado”). (*)

Torre, Guillermo de: “Expresionistas germánicos”: Literaturas europeas de vanguardia. Madrid: Rafael Caro Raggio, 1925, 354-358 (con menciones de Borges). (*)

NOTAS

  1. Me ocupo de los más importantes en sendos capítulos de mi libro de 2015
  2. “Zwitschern” es, entre otras cosas, el trinar de un ave, y por eso importa preservarlo, a mi entender, porque empalma con los “pájaros astrales” que aparecen a continuación.
  3. El estudio de Ute Druvins: Oskar Kanehl. Ein politischer Lyriker der expressionistischen Generation. Bonn: Bouvier Verlag Herbert Grundmann, 1977, es el más completo sobre Kanehl llegado a mi conocimiento, contiene también una buena introducción al clima político de la época. De allí se desprende que Kanehl fue el más activo políticamente de los poetas traducidos por Borges, quien sólo lo menciona aquí (en Ultra, su nombre figura por errata como “Kanchl”, fallo repetido en Textos recobrados, 1997, 106).
  4. Los “globos de barrera” o “globos cautivos”, como se los llamaba en la época, eran zeppelines de diverso tamaño anclados en tierra o en mar, que se utilizaban para dificultar a la aviación enemiga volar a baja altura (al deber descargar sus bombas desde una altura mayor, éstas perdían precisión). Creo que recién conociendo estos entretelones se comprende mejor la imagen creada por Kanehl.
  5. Cf. Obra poética de vanguardia. Edición, prólogo y notas de José María Barrera López. Huelva: Diputación Provincial, 1995

«La Gran Guerra a les comarques gironines» (2016), de Maximiliano Fuentes Codera: Radiografía de una zona limítrofe

Andreu Navarra Ordoño
Escritor e historiador, Catalunya, España

    Reseña | Maximiliano Fuentes Codera: La Gran Guerra a les comarques gironines: l'impacte cultural i polític. Girona, Publicacions de la Diputació de Girona, 2016.

coderaEl pasado centenario del año 2014 nos dejó un impagable legado de obras dedicadas a trazar el panorama de la cultura española entre 1914 y 1918. Los libros de Fernando García Sanz (España en la Gran Guerra. Espías, diplomáticos y traficantes, Barcelona, Galaxia Gutenberg) y Paul Aubert con Eduardo González Calleja (Nidos de espías, Madrid, Alianza) abordaron la cuestión desde una perspectiva llamémosla extensiva: ofreciendo una panorámica útil y compleja de todo lo que afectó a la realidad pública española en aquellos años turbulentos. El libro que editó el año pasado Fuentes Codera opera de modo inverso: su abordaje es intensivo. Su criterio, en lugar de ofrecer lo más relevante de todo el territorio peninsular, aplica la lente de aumento sobre lo que ocurrió en un determinado territorio: la provincia de Girona, lugar estratégicamente clave, por verse recorrido por la frontera francesa, y por ser una zona de paso obligado para las mercancías que salían de los centros fabriles peninsulares hacia los frentes de guerra.

Únicamente un libro del año 2012, el de Carolina García Sanz (La Primera Guerra Mundial en el Estrecho de Gibraltar, Madrid, CSIC, 2012) operaba de esta forma. Y, en vista de los resultados, es posible que una evolución futura de los estudios sobre el impacto de la Gran Guerra en España pase por investigaciones intensivas centradas en lugares que, o bien poseían un puerto importante de embarque para Francia u otras potencias (por ejemplo, La Coruña) o bien fueran también territorio fronterizo. Por ejemplo, resultaría tan apasionante como oportuno disponer de una radiografía de lo que sucedió y se publicó en la provincia de Guipúzcoa entre 1914 y 1919.

Tras dos útiles introducciones, una descripción de las etapas que la historiografía europea recorrió en su empeño por comprender el fenómeno de la Gran Guerra, más un estado de la cuestión de las bibliografías catalana y española, Fuentes intenta demostrar de qué modo las polémicas barcelonesas y madrileñas llegaron a Girona y afectaron también a su sociedad, de ningún modo ajena al conflicto.

Publicaciones periódicas en Gerona: germonófilas, aliadófilas y neutralistas

El nuevo libro de Fuentes Codera es especialmente valioso cuando presenta todo el abanico de publicaciones periódicas que veían la luz en la provincia: las de la «Lliga» fueron neutralistas a ultranza; las carlistas fueron germanófilas y las republicanas, en general, aliadófilas. «El Norte», periódico tradicionalista, contaba con Domènec Cirici Ventalló como periodista estrella. Cirici, furioso germanófilo, era miembro de la «Coalición Monárquica» y llegó a ser elegido diputado por Les Borges Blanques en 1916.

En Figueres, era «La Veu de l’Empordà» el órgano que extendía las consignas de la «Lliga Regionalista». En Palafrugell, defendía la neutralidad «Baix Empordà». Desde el «Diario de Gerona», Joaquim Camps i Arboix, opinaba que la disciplina social alemana podía ser un modelo de regeneración para la renaciente Cataluña. Tanto el «Diario de Gerona» como «Heraldo de Gerona» plantearon la necesidad de no culpar únicamente a Alemania del estallido de la guerra. Por su parte, «La Comarca», diario de Olot sin afiliación política, defendía también la neutralidad a ultranza. Otro medio de la misma ciudad era «Vida Olotina», creado en marzo de 1915, y que defendía posturas regionalistas. Las mismas que caracterizaron el semanario «Ciutat Nova». El mismo día que aparecía esta revista, «Empordà Federal» editaba un número especial sobre la tragedia belga: posiblemente se trate del papel más relevante publicado en la provincia durante los cuatro años de guerra. Colaboraron en él Francesc Layret, Josep Maria Pi i Sunyer, Domènec Martí i Julià (presidente de la agonizante pero aún influyente «Unió Catalanista»), Alexandre Plana, Narcís Oller y el uruguayo José Enrique Rodó, junto a muchos otros.

empodafederalLas posturas más claramente aliadófilas fueron defendidas por el semanario «El Autonomista», dirigido por Darius Rahola, y que llegó a contar con Francesc Layret, Antoni Rovira i Virgili, August Pi i Sunyer, Enrique Gómez Carrillo y Luis Araquistáin entre sus colaboradores. Entre los francófilos más relevantes debe contarse con el ensayista Carles Rahola, imprescindible autor, injustamente olvidado, que terminó sus días ante un pelotón de fusilamiento franquista. También colaboraba en «Germanor», de Palafrugell, y en «El Autonomista» e «Iberia», el medio más aliadófilo del Estado. «Empordà Federal» era un semanario que actuó como escudero en la empresa antialemana, así como también «Germanor» y «Ciutat», periódicos republicanos de Palafrugell y Sant Feliu de Guíxols. Según Layret, como para otros muchos pensadores de izquierdas, la guerra traería a Europa el predominio del socialismo.

La industria del corcho

Como se puede comprobar, la prensa en Girona no se encontraba al mismo nivel de catalanización que la de la capital del principado. Sin embargo, el catalanismo era predominante no sólo por la implantación de la «Lliga Regionalista» sino porque en todo el Empordà, comarca de pequeña industria tapera, el federalismo republicano era una ideología muy arraigada. Es lo que explica, por ejemplo, el futuro liderazgo de Josep Irla i Bosch, industrial corchero que llegaría a presidente de la Generalitat en el exilio. En Sant Feliu, era el importante semanario «El Programa», propiedad de la Unió Federal Nacionalista Republicana quien llevaba la voz cantante. Una voz también aliadófila, como la de su líder, el escritor y filósofo Pere Coromines. Colaboraba con la revista Arturo Vinardell, republicano exiliado en París desde 1887.

El inicio de la guerra comportó una situación dramática para la industria del corcho que predominaba en el Baix Empordà. La exportación de tapones cayó en picado, así como también dejó de fluir el crédito bancario: el paro empezó a generalizarse y los obreros vieron con preocupación cómo eran recortados tanto su salario como su jornada laboral. Los principales compradores de tapones de corcho eran Rusia, Alemania, Francia e Inglaterra: todas ellas potencias en conflicto. Para acabar de agravarlo, Alemania declaró contrabando de guerra el comercio de corcho. La situación llegó a ser tan preocupante que la Diputación pidió a Prat que escribiera al gobierno central en demanda de ayuda urgente, que de no haber llegado hubiera podido desembocar en disturbios graves. Es lo que finalmente ocurrió a partir de 1917. Los precios de los productos de primera necesidad, al ser acaparados o exportados al frente, subieron sin control y sin que las autoridades pudieran frenarlos. Sin embargo, no faltaron las iniciativas oficiales para tratar de paliar la situación. Parece que el gobernador civil, el Conde de Casa Segovia, se mantuvo muy activo en este sentido (de las medidas humanitarias dependía el sostenimiento del orden público). Por su parte, Prat de la Riba escribió al presidente Dato y a Alfonso XIII para que impulsaran otras medidas de socorro para los obreros abocados a la miseria.

Algo se hizo. En agosto de 1914 se autorizaba la ampliación del muelle de Sant Feliu junto con otras obras menores, como una defensa de la calle Tetuán de la misma población, así como también empezó a construirse la carretera de Tossa de Mar. Muchas empresas optaron por concentrar capital en un intento desesperado por impedir los cierres en cadena.

Los «hechos» de Gerona y los aliadófilos catalanistas en Perpiñán

Fuentes analiza con mano maestra el particular escenario político de las comarcas de Girona, donde tradicionalmente el federalismo era muy fuerte desde el siglo anterior. Para esta prensa republicana y catalanista, neutralidad y germanofilia eran sinónimos, y la «Lliga Regionalista», el partido que garantizaba en Cataluña los intereses de Alemania. También preocupaba al régimen la ebullición del sentimiento catalanista, que estalló en agosto de 1916, cuando el ejército interrumpió una bailada de sardanas a tiros y se sucedieron días de intensos enfrentamientos entre nacionalistas agraviados y fuerzas del orden. Los soldados acabaron disparando contra los concentrados, que huían por las calles del centro histórico. Los disturbios fueron conocidos desde entonces como “hechos de Girona”, y significaron un antes y un después en las relaciones de la ciudad con el gobierno central.

En febrero de 1916, los republicanos catalanistas aliadófilos visitaron Perpiñán para tratar de demostrar hasta qué punto la Cataluña antiborbónica se situaba del lado de las potencias aliadas. Viajó a Francia la plana mayor de la cultura catalana: no faltaron Àngel Guimerà, Ignasi Iglésias, el poeta Francesc Matheu, el novelista Josep Pin i Soler, el artista y poeta Apel·les Mestres (uno de los aliadófilos más activos de la capital catalana), Pompeu Fabra, los escritores Santiago Rusiñol, Alfons Maseras, Narcís Oller, el presidente del Orfeó Català, Lluís Millet, los pintores Casas y Sert, el presidente del Ateneu Barcelonès, Josep Maria Roca, el inefable activista Joan Solé i Pla, el vicepresidente de la Mancomunitat, Albert Bastardas, y los políticos Frederic Rahola, Pere Rahola, Pere Coromines y Jaume Andreu i Barber.

Asimismo, en este libro quedan muy bien definidos los papeles de los dos intelectuales gerundenses más destacados del momento, ambos ensayistas de primer orden: Carles Rahola y Prudenci Bertrana

Los estudios de Fuentes Codera sobre la Gran Guerra

El autor, con su minucioso recorrido, consigue alumbrar la extraordinaria vitalidad que un cantón catalán desplegó durante cuatro años. Muy acertado es el comentario aparte de la innovadora revista «Cultura», plataforma de síntesis entre escritores mayores del modernismo y jóvenes novecentistas, y la publicación más moderna e integradora del momento. Ojalá otras zonas limítrofes o implicadas en el comercio internacional reciban una atención análoga, para que podamos completar el mapa de la verdadera repercusión de la guerra en nuestras latitudes.

Se trata de la tercera incursión de Fuentes Codera en el tema, del que puede afirmarse sin miedo que es uno de los principales especialistas en activo. La primera fue el innovador libro El campo de fuerzas europeo en Cataluña. Eugeni d’Ors en los primeros años de la Gran Guerra (2009) y España en la Primera Guerra Mundial. Una movilización cultural (2014). Y eso si no contamos sus innumerables artículos y coordinaciones de monográficos, cuyo comentario sobrepasaría con creces el espacio debido de esta reseña. Fuentes va creciendo en madurez y minuciosidad. Quienes también nos apasionamos con el tema de la Gran guerra le estamos cada vez más agradecidos.

La Gran Guerra en la Revista Ibero-Americana «Cervantes» (Madrid, 1916-1920)

Emilio Quintana Pareja
Estocolmo, Suecia
[elaboración en marcha]

Este ambicioso estudio irá elaborándose a lo largo de 2016.

cervantes-1916-01 La revista Cervantes (1916­-1920) ocupa un lugar de privilegio en la encrucijada entre modernismo y vanguardia. La crítica ha privilegiado el estudio de su «etapa ultraísta», que comienza con la publicación del famoso «manifiesto de la juventud literaria» en el número de enero de 1919 1, por ejemplo, se mantuvo plenamente la «sección americana» dirigida por el ecuatoriano César E. Arroyo. Y había también secciones de pintura, política o teatro, entre otras.].  

Si nos fijamos, por ejemplo, en la rúbrica de «Poetas hispanoamericanos» del número de agosto de 1920 nos encontramos con que los nombres de Gabriela Mistral, Jorge Barreto Roldán o Arturo Borja [poeta del modernismo ecuatoriano], que alternan con poemas «ultraístas» de los hermanos Rello, César A. Comet o Juan Las (seudónimo de Rafael Cansinos Asséns). Incluso nos topamos con un excepcional poema titulado «Paisaje», obra del chileno Arturo Torres Rioseco, canto sentimental a la naturaleza que dedica con ironía y retranca a su compatriota Vicente Huidobro. Este era el resultado de la dirección bicéfala de la revista en su etapa final.

Hay que incidir, por tanto, en la complejidad de la revista Cervantes (1916­-1920), en lo cambiante de su trayectoria, marcada por la personalidad de sus sucesivos directores y en la heterogeneidad de cada una de sus etapas, e incluso de cada número. El caso excepcional de César E. Arroyo, que es el único del grupo fundador que permaneció hasta el último número, de diciembre de 1920, es un hecho relevante, pero excepcional. En definitiva, no hay una revista Cervantes, sino varias.

Hemos estudiado con lupa los 47 números de la revista 2, con el ánimo de conocerla a fondo 3, se desarrolla la vida de Cervantes en su segunda época. Pues la primera, de 1917 a 1919, bajo la dirección de Villaespesa y Vargas Vila, es curioso observar que también posee un carácter totalmente antípoda al que luego, bajo la dirección de Cansinos­ Asséns, desde enero de 1919 a fin de 1920 hubo de adquirir». Ni la revista en 1917, ni Vargas Vila la dirigió nunca.]

No conozco ninguna colección completa de la revista, excepto la mía personal. Hay ejemplares en la Biblioteca de Cataluña, la Biblioteca Nacional de Madrid, la Biblioteca de la Casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, en la de la revista «Razón y fe» (Madrid). El librero y editor Abelardo Linares tiene dos números [julio y diciembre de 1918] que no se hallan en ninguna de dichas bibliotecas.

1. La Gran Guerra en la revista Cervantes (1916-1920)

No pasaron desapercibidas las convulsiones de la Gran Guerra en Cervantes [textos de Georges Bernard Shaw, Javier Bueno, Edmundo Gonza?lez Blanco…]. Llama especialmente la atención la dimensio?n poe?tica de este intere?s [Emilio Carrere, Enrique de Mesa, Napoleón Azevedo, Alfonso Teja Zabre…], de signo marcadamente panlatino (aliadófilo, en cuanto favorable a Francia). Si bien no faltan colaboraciones que defienden la neutralidad, como veremos.

2. Revista Mensual Ibero-Americana (agosto 1916-septiembre 1917)

En esta primera etapa se editan los primeros 14 nu?meros. Sus primeros directores fueron tres: el español Francisco Villaespesa, el mexicano Luis G. Urbina y el argentino Jose? Ingenieros. La administración la llevaba José María Yagu?es desde su propio domicilio, sede de la editorial Mundo Latino (calle Barbieri, número 1 duplicado). El apartado postal era el 502 y el teléfono el 4326. Un número suelto costaba 2,50 pesetas. La suscripción a España y Portugal era de 6 pesetas el trimestre, 12 el semestre y 20 el año (ahorro anual significativo: 10 pesetas). Al extranjero eran 10, 20 y 30 pesetas respectivamente.

Cervantes se empezó a imprimir en el Establecimiento tipográfico de M. García y Galo Sáez (calle Mesón de Paños, 8. Madrid). Estos impresores, que trabajaban para Mundo Latino, se anunciaban como especialistas «en obras, revistas, folletos, periódicos, publicaciones y toda clase de trabajos comerciales». Imprimieron la revista desde el número 1 (agosto 1916) al número 11 (junio 1917). A partir de julio de 1917, la revista pasó a imprimirse en los talleres que José Yagües Sanz había heredado de su padre, en la calle del Nuncio, 8, siempre en Madrid.

Autores, de la A a la Z

En el nr. de noviembre de 1918 (22, 8), el diputado a Cortes por La Bisbal Salvador Albert (Palamós, Gerona, 2.12.1868) publica el texto «Contemplación y acción», que fecha en «San Feliú de Guixols (Gerona); Octubre, 1918». Albert era considerado uno de los poetas líricos más personales dentro del movimiento literario catalanista 4. Fue elegido Diputado a Cortes repetidamente en el período 1910-1923, por el distrito de La Bisbal, como miembro de la minoría republicana. Escribió libros sobre Ibsen y Amiel, en los que dio rienda suelta a sus especulaciones espirituales.

Este texto recoge algunas consideraciones filosóficas que anota al hilo de la Gran Guerra, que por entonces estaba terminando. Partiendo de que «la contemplación que tiende al éxtasis es inerte y socialmente ineficaz» y la acción, «limitada al mero movimiento, es asimismo socialmente estéril», el autor, con el apoyo de diversas autoridades (Carlyle, Taine, Eucken, Maeterlinck, Emerson…), opta por «concebir al hombre con poder bastante para elevarse, en atrevido vuelo, por encima de los dominios de la civilización» y entrar en su propia interioridad:

Así en la actualidad, por encima del torbellino infernal que envuelve al mundo, producido, en apariencia, sólo por el gigantesco choque de fuerzas ciegas, elévase la conciencia humana y concentrándose a la par en proporción de la expansión de esas fuerzas, aspirando a descubrir la verdad alta y fecunda de la hora presente..

par_gabriele-annunzioEl caso de Gabriel(e) d´Annunzio (Pescara, 12.03.1863/Gardone, 01.03.1938) es mucho más complejo, ya que se trata del autor que Villaespesa utiliza para representar a la poesía italiana en la primera época de la revista. La obra de Gabriele d´Annunzio recibe un claro trato de favor en la primera etapa de la revista Cervantes, dirigida directamente por Francisco Villaespesa, admirador sin límites del poeta italiano al que nunca perdió la pista. En una entrevista que concede a El Dictamen de Veracruz (junio 1917) leemos:

Es ridículo que continuemos cantando para nosotros mismos. D´Annunzio, el poeta más grande que ha producido la raza, no ha tenido inconveniente en bajar al seno anónimo de las multitudes. Estimo que el poeta de hoy debe mezclarse a la política y a todos los problemas sociales en que nos encontramos envueltos.

De hecho, el viejo d´Annunzio estaba conociendo una renovada popularidad a raíz de su intervención en la política italiana y debido a sus hazañas y aventuras durante la Gran Guerra. Su vuelta a Italia en la primavera de 1915 contribuyó al clima de opinión favorable al abandono de la neutralidad que tuvo su culminación en la declaración de guerra que Italia hizo a los imperios centrales el 23 de mayo de 1915. En «La evolución de Gabriel D´Annunzio por Gonzalo Zaldumbide» (6, enero 1917), el ecuatoriano César E. Arroyo elogia entusiastamente el libro de su compatriota y se hace eco de la nueva dimensión d´annunziana:  

Tal es, en síntesis, el libro que sobre el proceso evolutivo del inmenso espíritu «del hombre de la Italia Nueva, de su poeta, su héroe epónimo acaso, del que marcará la nueva época igual que el padre Dante la suya» aparece en Madrid, prestigiado por circunstancia tan única como la de ser el bardo de la Laus Vita, actor en la apocalíptica tragedia universal de hoy, a la que arrastró a su pueblo con el poder taumatúrgico de su verbo, con la fascinación irresistible de su numen, el solo capaz de cantar la epopeya de la edad presente.

D´Annunzio luchó en varios frentes y había perdido un ojo en enero de 1916 a consecuencia de un percance aéreo. Ernesto López Parra dice en su poema ultraísta: «Los nuevos aeroplanos» (29, junio 1919):

«El aeroplano gigante
quiere rizar el rizo…
Wilson le puso catorce motores
para que esté seguro sobre el aire.
Pero en Italia, a D´Anuncio [sic]
se le ha escapado un ripio patriótico
y en Francia, los tigres se han vuelto gatos».

Uno de esos «ripios patrióticos« fue su «Arenga a los dálmatas», que fue contestada por los serbios. Héctor, en la sección ­«A través de las revistas» (28, mayo 1919­) anota que se ha publicado en el nr. 4 de la la revista madrileña Cosmópolis (abril 1919) «La contestación del gran poeta servio (sic) Juan Douchtich a la resonante «Arenga a los dálmatas», que pronunció d´Annunzio».

Se puede decir que, gracias a su actuación en la Gran Guerra, la popularidad de d´Annunzio entre 1916­-1917 en España se eleva notablemente 5.  

El poeta venezolano radicado en Manhattan Napoleón Azebedo (escrito también «Azevedo»; Victoria, Venezuela, 6.11.1893). De sus dos colaboraciones poéticas en la revista Cervantes, la primera es un soneto en endecasílabos y rima consonante que utiliza motivos modernistas con el fin de exaltar la lucha de Francia en la Gran Guerra. Para ello, Azevedo usa referencias napoleónicas, mitológicas, y referentes a la Antigüedad romana, ­identificando a los alemanes con los bárbaros­:

   «Sé aquella tigre que en Moscou rugía,
   y muestra el alma luminosa y terca,
   que Lodi y Austerlitz están muy cerca,
   y Waterloo está lejos todavía!…».

En «El nuevo sermón de la Montaña», dedicado «Para Amado Nervo», (en «Los cantos de la guerra». 11, junio 1917, 127­-130) encontramos 37 pareados alejandrinos y un total de 74 versos. Viene introducido por las siguientes palabras: «Cristo, en los ojos y en el rostro la tristeza profunda, la melancolía indefinible de las almas vencidas y calumniadas, surge del horror de un monte balkánico, donde aún vense humear granadas rotas y óyense alaridos de carnes destrozadas y, con la voz llena de llanto, a los soldados que escaparon al último encuentro, les dice este nuevo Sermón de laMontaña». A pesar de algunas referencias a «aeroplanos» es un poema netamente posmodernista en el que se manifiesta cierta esperanza de que tras la purificación de la guerra se ha de abrir una nueva época de esperanza para la humanidad:

   «Os digo en verdad, hombres: del polvo de estas ruinas
   levantarán su vuelo las dianas matutinas
   del Porvenir, que llega con un libro en las manos
   a revivir el triunfo de mis suñeos lejanos,…».

Como buen poema profrancés, no falta la alusión al Káiser «Guillermo Atila».

La revista Cervantes mantuvo una sección de análisis político que, durante buena parte de 1918, estuvo a cargo de Joaquín Aznar (Madrid, 10­.02.1884). Aznar Delgado era periodista, dirigió varios periódicos, colaboró en la revista España, y es abuelo del político actual José María Aznar. Cansinos Asséns, en sus memorias, lo califica de «menudo, modestito, sonriente» (1995, 50­-51): «La Libertad cambia de director. Luis de Oteyza deja el cargo y lo sustituye Joaquín Aznar, que hasta aquí había dirigido La Mañana, el órgano de Silvela. Joaquín Aznar es un antiguo amigo mío, de los tiempos en que con su colaborador Eduardo Haro estrenaba unas revistas absurdas en la barraca del Noviciado».

Aznar entra en Cervantes en el primer número de la segunda etapa de la revista (abril 1918) para ocuparse de la nueva sección de «Política española», que mantuvo su regularidad hasta noviembre de 1918. En diciembre no se publica la crónica, de modo que cuando Aznar vuelva a colaborar entre enero y mayo de 1919 lo hará como miembro del Comité de Redacción ­sección «Política»­, cargo en el que se mantendrá hasta la reestructuración de abril del 19. «Política española», por consiguiente, está ligada a la etapa de González­-Blanco, por lo que hemos de suponer una relación personal entre el director (que, en una nota que se publica en la crónica de noviembre, lo califica de «nuestro distinguido y sagaz colaborador político») y cronista. La colaboración a partir de enero de 1919 se vería facilitada por su buena relación con Cansinos, al que hará crítico literario de La Libertad en 1925.

Aznar señala que sus propósitos con las crónicas que viene publicando son modestos (noviembre 1918): «Ni historiadores, ni críticos; sólo cronistas, y cronistas ligeros, con alas en la pluma para marchar veloces..». En efecto, el tono de sus crónicas tendrá siempre algo de ligero y desenfadado, de glosa escéptica de la realidad política del país. Por lo demás, la vida política española de la época, con sus vaivenes e intrigas, se prestaba a este tipo de acercamiento, una vez superada la grave crisis del verano de 1917 (abril 1918): «A los días de zozobras, de incertidumbres, de hondas preocupaciones, de acongojadores pesimismos, siguieron los días optimistas en los que la esperanza puso su luz consoladora en amplios horizontes».

La crónica de agosto (agosto 1917, 106­-110) la dedica a defender la neutralidad española en la Gran Guerra y a denunciar a aquellos que se han aprovechando de la situación, ya en sus últimos meses. Esta posición resume su postura:

La paz que disfruta España en medio de los horrores de la guerra, ha servido y sirve para que muchos políticos mediocres adquieran preponderancia […] para que unos cuantos españoles se enriquezcan a costa del hambre y de la inmensa mayoría del país; y ha servido y sirve para que aumenten las cuentas corrientes en los bancos, mientras la nación está en ruinas.

ballesterosAntonio Ballesteros de Martos fue el crítico de arte de la revista. Muy cercano a las ideas de Camille Mauclair, dedicó algunos párrafos a comentar exposiciones de artistas que la Gran Guerra había traído a Espana desde París. En el número de junio 1918 se habla de un par de exposiciones de artistas hispanoamericanos a los que la Gran Guerra «ahuyentó de Francia y los ha traído a España»: «En los salones del Círculo de Bellas Artes han expuesto, durante la segunda quincena de marzo, dos artistas americanos dignos de cuidadosa atención: Roberto Montenegro y Carlos Alberto Castellanos». Al primero lo destaca como dibujante ­es un «virtuoso de la línea».

Del mexicano Roberto Montenegro (Guadalajara, 1886­ / Pátzcuaro, 1968) 6 hablará también al año siguiente en «Artes plásticas. Roberto Montenegro o los errores de la originalidad» (octubre 1919). En principio, Ballesteros advierte sobre el giro moderno a la hora de París que ha tomado su obra, y lamenta que los artistas hispanoamericanos no busquen un arte propio de su tierra sino que se dediquen a imitar las extravagancias francesas:

Entendemos nosotros que ha llegado la hora de que los hispanoamericanos se preocupen de hacer un arte nacional y abandonen ese prurito de seguir las novedades europeas, especialmente las que florecen en la capital de Francia, centro productor, o expositor, por lo menos, de casi todas ellas.

En el nr. de mayo 1918 reseña una importante exposición de pintores polacos (los matrimonios Jahl y Pankiewicz y W. Zawadowski), que también se habían refugiado en Madrid debido a la guerra:

En el patio del Ministerio de Estado, donde suelen exhibirse las obras que envían los pensionados de Roma, cinco pintores polacos instalaron durante la primera quincena del pasado abril una exposición que, por lo menos, tuvo la virtud de remover las mansas corrientes de la actualidad artística madrileña. Fue una novedad, ya un poco vieja, para los que, desde hace algún tiempo, seguimos con interés el desenvolvimiento mundial de las artes, que originó, como todas las novedades, apasionadas disputas, feroces diatribas y desmedidos elogios.

Ballesteros reconoce haber sido uno de los que atacó a los polacos más ferozmente y declara: «Impugnamos con todo ardor la Exposición de los pintores polacos». Para el crítico valenciano, los polacos «destruyen, pero no crean» y hacen de la pintura «un arduo problema filosófico» carente de espíritu humano». Su posición está muy relacionada con lo que se ha llamado posmodernismo poético y con una concepción del arte como creación idealista del corazón humano. Así que concluye: «[hay que decir a estos señores] que nos dejen el arte a los infelices que aún queremos soñar y sentir a pesar de todo, sin que nos lo impida un mazorral teorético, impenetrable como una peña».  

En las notas bibliográficas se manifiesta en contra del nacionalismo catalán que había crecido al calor del despertar de los pueblos europeos durante la Gran Guerra. Al comentar un libro de Rovira y Virgili manifiesta su desprecio por «ese nacionalismo catalán que sólo existe en las mentes acaloradas de unos cuantos enfermos de delirio de grandeza», y desestima la pretensión del autor de equiparar el nacionalismo catalán con el polaco o el finlandés, de palpitante actualidad al final de la guerra. Ballesteros de Martos está especialmente desafortunado cuando dice que esas «parodias de nacionalismo» nunca serán respaldadas por «unos cuantos mozalbetes exaltados».

El venezolano Rufino Blanco­-Fombona (Caracas, 1874/Buenos Aires, 1944) publica en el primer número de la revista (agosto 1916, 130-143) cuatro «notículas» sobre la guerra: «Pornichet», «Una carta de Répide», «Guerande», y «Tours». Fombona se había instalado en el barrio de Argüelles, a raíz del desencadenamiento de las hostilidades: «Desde 1914, en que la guerra lo arrojó de París, habita en España, donde ha encontrado la verdadera patria de su espíritu y donde ha dicho más de una vez se siente de veras feliz» 7. La llegada del «amigo de Rubén» fue todo un acontecimiento en la vida cultural madrilena, y, si consideramos las actividades que emprendió en la capital, podemos decir que no defraudó.   

Las notículas son cuatro anotaciones de dietario escritas en la Bretaña de Francia antes del estallido de la guerra, y que pertenecen a su libro La lámpara de Aladino. Notículas [Madrid, Renacimiento, 1915]. Con todo, tiene cierto interés que las recuperara en agosto de 1916, a pesar de que seguramente Villaespesa lo que quería era rellenar páginas. Como dice en una «Nota de 1916» a pie de página escrita ex profeso:

Estas y las páginas que siguen fueron escritas antes de la guerra. Me complace ahora el que los inmensos tesoros de energía que está derrochando Francia, prueben cómo, en efecto, Francia, a pesar de las apariencias «poseía una gran reserva de energías y de virtudes». Ojalá al salir del drama, purificada por el dolor, y debiendo una impagable deuda de apoyo moral y simpatías a la mayor parte del mundo, no vuelva a odiarse al extranjero, por sólo ser extranjero, en la hermosa tierra de Francia».

El periodista socialista Javier Bueno colabora en el marco de la sección «Crónicas de la Guerra» (nr. 14, septiembre 1917, 66-71). «Con el ejército austriaco en campaña. La lucha en el Carso» es una crónica periodística escrita sobre el terreno acerca de la campaña de la meseta del Carso, en la que se enfrentaron tropas italianas y austrohúngaras. El estilo de Bueno es seco, rápido, periodístico, pero a la vez lleno de datos concretos, como al reseñar los tipos de armas que se emplean. La sección «Crónicas de la guerra» de este número -el último de la primera época de la revista- se completa con un artículo de Joaquín Dicenta (hijo), «Males necesarios» (71­-76), del que más tarde hablaremos.

………………Cansinos

Destaca la frecuente aparición de poemas de Vicente Huidobro, que había tenido una gran influencia en la poesía española gracias a su estancia en Madrid entre julio y noviembre de 1918. En este corto período de tiempo publica 4 «plaquettes» poéticas. Dos en francés: Hallali y Tour Eiffel, y dos en español: Ecuatorial y Poemas árticos. Los cuatro evangelios de la nueva poesía. De París traía además ejemplares de Horizon carré, que tuvo una gran influencia, y que republica en España.

NOTAS

  1. No sorprende leer afirmaciones como ésta de Abelardo Linares (1983, 24): «En 1919, Cansinos toma la dirección de la revista Cervantes, que se convierte en un baluarte del Ultraísmo», que, siendo ciertas, no toman en consideración que la revista fue mucho más que eso, y pasó por varias fases. Durante la «etapa ultraísta» [1919­-1920
  2. Los números fueron siempre mensuales. Tuvo dos etapas separadas por un intervalo en que dejó de editarse [de octubre de 1917 a marzo de 1918. El desconocimiento de ste intervalo, unido a la inexistencia de colecciones completas de la revista, pueden estar detrás de errores como el de Juan Manuel Bonet en su Diccionario de las vanguardias en España (1907­-1936) (1995, 155): «Salieron 53 números.
  3. Errores incomprensibles como los de Guillermo de Torre (1925, 53) han hecho demasiada fortuna: «Paralelamente [a Grecia
  4. Su libro de poemas Florida de tardor (Gerona, 1918) aparece en la lista de «libros recibidos» por la revista que se incluye en la sección de «Bibliografía» (julio 1918)
  5. En 1916 se representó en Madrid su obra Figlia de Iorio (1904), en traducción de Felipe Sassone (sobre las traducciones del teatro de d´Annunzio, cf. Baeza). En una anotación de c. 1916 de las memorias de Cansinos cuenta que ha visto a Mimi Aguglia en Figlia di Jorio, de d´Annunzio (1985, 161): «Por mi don de lenguas, siempre que nos visita alguna compañía de teatro extranjera me envían a mí a los estrenos…». Por cierto, que parece que Mimí Aguglia se quedó en España y montó una compañía teatral. Ella fue la que repuso, por ejemplo, La cabeza del Bautista de Valle­-Inclán en 1926 en el teatro de La Latina, un teatro de público popular. Aguglia era por entonces «conocida por una personalidad dramática que prestaba fuerza trágica al montaje» (Vilches, 1992, 79). Para la recepción del teatro del autor italiano en España remito a la tesis de María del Pilar Bermudo del Pino titulada El teatro de d´Annunzio en España (Universidad de Madrid, 1962). Bermudo del Pino pasa revista a las principales representaciones del teatro de d´Annunzio en nuestro país. También repasa la repercusión del teatro d´annunziano en la crítica española, destacando las opiniones de Andrés González­Blanco y Gonzalo Zaldumbide. Enumera igualmente las traducciones de sus obras dramáticas y hace un análisis de las más representativas. Finalmente, la autora destaca la clara relación entre La figlia di Iorio y el teatro de Valle­Inclán y García Lorca. Es también interesante el folleto de F. Fernández Murga, Gabriele d´Annunzio e il mondo di lingua spagnola (Roma, Centro di vita italiana,1963).
  6. Bonet (1995, 424­-425) ha escrito de él: «Pintor. Primo hermano de Amado Nervo, del que ilustró algún libro, se formó en el clima modernista. Estudió en su ciudad natal y, con la intención de convertirse en arquitecto, en la Academia de San Carlos de la capital del país, donde fue condiscípulo de Rivera, Ángel Zárraga y Francisco Goitia, entre otros. Uno de sus maestros fue el ilustrador simbolista Julio Ruelas, que dejó una honda huella sobre su obra, al igual que Aubrey Beardsley. En 1905 obtuvo una beca que le permitió instalarse en Madrid, donde se inició en las técnicas del grabado calcográfico con Ricardo Baroja. En 1908 se instaló en París, donde estidió en la Académie des Beaux Arts, en la Grande Chaumière y en la Académie Colarossi, y conoció a los cubistas. Su obra más conocida de ese período es un álbum de ilustraciones sobre los Ballets Russes, con prólogo de Henri de Régnier, publicado en París en 1910. Entre 1914 y 1919 vivió en Pollensa (Mallorca), donde frecuentó a Anglada Camarasa. En 1915 pintó un retrato de Alexandre Jocovlef. En 1916 expuso en el Veloz Sport Balear de Palma. En 1917, año en que ilustró, siempre en clave simbolista, una edición barcelonesa de La lámpara de Aladino, celebró una individual en el Salón Árabe de la Veda, también en Palma. Durante el último año de su estancia pintó los murales del Círculo Mallorquín. En España fue donde, como puede observarse en algún aguafuerte de tema mexicano, reproducido por Manuel Abril en su libro Aquafortistas españoles,  se inició su evolución, en un principio todavía tímida, hacia planteamientos más modernos. En 1920 regresó a México, donde se incorporó a la aventura del muralismo, hizo incursiones en lo surreal,colaboró con el doctor Atl ­que también había estudiado en Madrid­ en la promoción del arte popular y desarrolló una importante labor como escenógrafo, todo ello sin perder nunca un cierto aire fin de siècle. Sus memorias Planos en el tiempo (1960), contienen algunas referencias a sus dos estancias españolas».
  7. Carmona Nenclares, 1928, 60

Aliadófilos y germanófilos. Una actualización necesaria, a cargo de Andreu Navarra Ordoño (2014)

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

    Reseña | Andreu Navarra Ordoño: 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura espanola. Madrid, Cátedra, 2014.

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andreu Después de la caótica pero apabullante monografía de Fernando Díaz-Plaja (1918-2002) titulada Francófilos y germanófilos: los españoles en la guerra europea (Dopesa, 1973), se echaba en falta un nuevo libro que pusiera al día toda la ingente información del erudito catalán, recogiendo nuevas perspectivas e investigaciones al respecto. Este es el mérito principal del libro de Andreu Navarra Ordoño.

El libro es mucho más breve y ordenado que el de Díaz-Plaja, y sus juicios son casi siempre atinados. La germanofilia es vista en su contexto, en el marco de una política de corte pacifista dedicada a realizar pingües negocios, que tanto beneficiaron a los países «neutrales», caso de Dinamarca, por ejemplo. El capítulo dedicado al discurso de Gabriel Maura Gamazo en el hotel Ritz de Madrid el 16 de marzo de 1915 es muy esclarecedor para entender la clave interna que estaba detrás de la germanofilia española, entre cuyos defensores destacan las figuras de Ramón y Cajal, Luis Bagaría, Francesc Cambó, o Sofía Casanova.

En el campo aliadófilo, resalta la importancia que el autor le concede al libro de Werner Sombart Comerciantes y soldados, que para nosotros es también muy importante en la toma de conciencia bélica 1, lo que sirve para introducir la diferencia entre «Kultur» y «Zivilisation», de modo que se entra con naturalidad en el espacio de la «anglofilia», que en buena parte representa Pérez de Ayala, pero también Unamuno, sorprendentemente 2. Las figuras de Rovira i Virgili, Gaziel o la propia Casanova-Lutoslawska quedan perfectamente dibujadas en unas cuantas líneas sintéticas, así como la falsedad de Luis Antón del Olmet, representante de lo peor del hampa que vivía a cuenta del dinero de las Embajadas.

Otro gran acierto del autor es la forma en que ve el humor de Wenceslao Fernández Flórez y Julio Camba como vía de revelación de la hipocresía de las banderías al mejor postor:

Se puede tener mucho dinero y una gran cultura, y ser completamente un bárbaro (Camba)

En cuanto a los medios de comunicación, se ha avanzado mucho a la hora de saber quién pagaba los diferentes órganos de prensa, considerados estratégicos a la hora de conformar la opinión pública en los países neutrales. En todo caso, si el dinero francés estaba, por ejemplo, tras la publicación de la revista catalanista Iberia, el autor hace un excelente análisis sobre lo poco que sacaban los escritores al servicio de los mecanismos de propaganda.

Los párrafos dedicados a Valle-Inclán, Araquistáin, etc… son menos novedosos, aunque necesarios y equilibrados. Lo que nos gusta más del libro son las notas pasajeras sobre campos menos conocidos, como los panfletos olvidados de Azorín (Los norteamericanos, 1918, o París, bombardeado, 1919, que han sido reeditados recientemente).

galiziaLlama la atención la incorporación de un estudio dedicado a «Los nacionalistas» (capítulo IV, págs. 193-235), muy acertado, ya que los 14 puntos del presidente Wilson abrieron el camino a una Europa de las naciones, de modo que sirvieron para dar impulso a los movimientos nacionalistas, especialmente al catalán y al vasco, muy beneficiados económicamente por la neutralidad española (y su proteccionismo comercial). Los delirios de Sabino Arana derivan hacia el pragmatismo de Ramón de la Sota, verdadero mecenas cultural vasco, que pone en marcha numerosos proyectos de envergadura, entre los que destaca la revista Hermes, lo que acabará derivando en buena parte en el falangismo vasco, soporte de Franco en el 37. El caso catalán está mucho más estudiado, y el autor incorpora las últimas investigaciones, llenas de nombres que todavía dicen poco fuera del ámbito cataloparlante (con la excepción de Gaziel, y acaso Gabriel Alomar): Román Jori, Rovira i Virgili, Lluis Duran i Ventosa, Pere Rahola, Josep Carner, Jaime Brossa, Puig i Cadafach, etc.

Entre los defectos que afean el libro se encuentra la actitud despectiva del autor hacia el patriotismo español, con frases impropias de un historiador sólido como: «Utiliza, lo veremos, los mismos resortes ultranacionalistas que provienen de la historia de España, de la versión imperialista de la historia de España, pero no menciona ni una sola vez a los Imperios Centrales» [pág. 51] 3. No es cierto que Maura Gamazo represente un «nacionalismo agresivo europeísta» [pág. 51]. El autor no parece haber asimilado adecuadamente la posición de escritores como Eduardo Marquina o Ramiro de Maeztu, ni las reflexiones de Ara Torralba o José-Carlos Mainer, referencias que establecen la existencia de un maurismo reformista anterior a la Gran Guerra -si bien, en cierto modo, el autor del libro lo admite en la pág. 80, al relacionar la Guerra con el conflicto franco-prusiano de 1870. Por otra parte, no se puede afirmar que la germanofilia pretenda cerrar filas «en torno al catolicismo y cerrar las fronteras para no contagiarse de europeísmo suicida» [pág. 51], una afirmación que no tiene en cuenta la «violación» de la soberanía belga por parte de Alemania, hecho que suscitó la misma reacción traumática entre los aliadófilos y los germanófilos, e hizo que Inglaterra entrara de lleno en el conflicto.

Con todo, el libro mantiene una línea de seriedad y equilibrio notables, lo que lo hace imprescindible para cualquier estudioso de los aspectos culturales de la Gran Guerra en el mundo hispánico.

NOTAS

  1. El panfleto de Werner Sombart: Händler und Helden (Leipzig, 1915) que identifica la cultura alemana con una tendencia hacia el absoluto y al sacrificio heóico en nombre de altos ideales, frente al materialismo individualista de la ”cultura de tenderos” anglosajona y de las ideas francesas de 1789. Cf. ”Heroes and Merchants”, en Buruma, Ian & Margalit, Avishai, Occidentalism. The West in the Eyes of Its Enemies. New York, The Pengin Press, 2004, 49-73.
  2. Agrada leer la reivindicación de un libro tan profundo como Herman encadenado, obra maestra de la literatura española de la Gran Guerra. Igualmente, se recogen con acierto los estudios del hispanista Cristopher Cobb, absolutamente precursores
  3. Resulta irritante la continua referencia a un «ultranacionalismo españolista».

La Biblia y la Gran Guerra. Religión, guerra y cruzada

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

GenAllenby_enters_Jerusalem_1917-720x397A pesar de que la importancia del imaginario cristiano durante la Gran Guerra fue muy grande, sólo en los últimos tiempos comienza a estudiarse de forma profunda.

De hecho, se ha creado un grupo de investigación en la Universidad de Cambridge que estará trabajando durante los próximos años sobre el tema, desde un punto de vista histórico, literario y teológico: The Book And The Sword: The Bible in the Experience and Legacy of the Great War.

La Europa de 1914-1918 estaba completamente inmersa en el conocimiento de la Biblia como parte del imaginario cultural, algo que venía cimentado desde la escuela. De hecho, la guerra fue vista como cruzada por ambos bandos. Por lo demás, la violación de la neutralidad de la católica Bélgica despertó un enorme debate en toda Europa, que afectó muy especialmente a países neutrales como España (tema del que he tratado en diferentes foros universitarios), figuras míticas de carácter nacional como Juana de Arco o San Jorge excitaron la representación providencialista de las naciones en liza, y el desarrollo de los acontecimientos en el frente bélico de Tierra Santa -en relación con el declive del Imperio Otomano-, tuvo consecuencias que llegan hasta hoy…

En relación con Oriente Próximo, Alemania, por ejemplo, mandó un batallón para proteger los monumentos bíblicos y apropiárselos culturalmente. En este batallón iban teólogos, como Albrecht Alt. El recuerdo de las cruzadas, que había revivido el propio Emperador de Alemania, al restaurar y visitar la tumba de Saladino antes del estallido del conflicto, revivió con la entrada del General Edmund Allenby en Jerusalén, el 11 de diciembre de 1917. Hacía siglos que la Ciudad Santa no estaba en manos de cristianos. Allenby hizo su entrada a pie, imitando a su manera la entrada del Emperador alemán unos años antes, de forma «humilde», como muestra la Biblia que hizo Jesucristo.

En general, los países vieron en la Gran Guerra una cruzada en defensa de los valores de la civilización europea. El Obispo de Londres, Arthur Winnington-Ingram, proclamó «[a] great crusade to defend the weak against the strong». Las iglesias se llenaron de sermones de este tenor, al estilo de los del Arzobispo de Canterbury, o el Dean de Westminster, que después aparecían publicados en la prensa.

La Biblia sirvió también para argumentar la «objeción de conciencia», o la extensión de teorías apocalípticas.

Los ángeles de Mons. Los arqueros, y otras leyendas de la guerra (1915), de Arthur Machen

Emilio Quintana Pwreja (ed.)
Estocolmo | equintan@gmail.com

1863-1937

bowmenIntroducción

Se me ha pedido que escriba una introducción a la historia de LOS ARQUEROS, para su publicación en forma de libro. And I hesitate. This affair of THE BOWMEN has been such an odd one from first to last, so many queer complications have entered into it, there have been so many and so divers currents and cross-currents of rumour and speculation concerning it, that I honestly do not know where to begin. I propose, then, to solve the difficulty by apologising for beginning at all.

For, usually and fitly, the presence of an introduction is held to imply that there is something of consequence and importance to be introduced. If, for example, a man has made an anthology of great poetry, he may well write an introduction justifying his principle of selection, pointing out here and there, as the spirit moves him, high beauties and supreme excellencies, discoursing of the magnates and lords and princes of literature, whom he is merely serving as groom of the chamber. Introductions, that is, belong to the masterpieces and classics of the world, to the great and ancient and accepted things; and I am here introducing a short, small story of my own which appeared in THE EVENING NEWS about ten months ago (September 1914).

I appreciate the absurdity, nay, the enormity of the position in all its grossness. And my excuse for these pages must be this: that though the story itself is nothing, it has yet had such odd and unforeseen consequences and adventures that the tale of them may possess some interest. And then, again, there are certain psychological morals to be drawn from the whole matter of the tale and its sequel of rumours and discussions that are not, I think, devoid of consequence; and so to begin at the beginning.

This was in last August, to be more precise, on the last Sunday of last August. There were terrible things to be read on that hot Sunday morning between meat and mass. It was in THE WEEKLY DISPATCH that I saw the awful account of the retreat from Mons. I no longer recollect the details; but I have not forgotten the impression that was then on my mind, I seemed to see a furnace of torment and death and agony and terror seven times heated, and in the midst of the burning was the British Army. In the midst of the flame, consumed by it and yet aureoled in it, scattered like ashes and yet triumphant, martyred and for ever glorious. So I saw our men with a shining about them, so I took these thoughts with me to church, and, I am sorry to say, was making up a story in my head while the deacon was singing the Gospel.

This was not the tale of THE BOWMEN. It was the first sketch, as it were, of THE SOLDIERS’ REST. I only wish I had been able to write it as I conceived it. The tale as it stands is, I think, a far better piece of craft than THE BOWMEN, but the tale that came to me as the blue incense floated above the Gospel Book on the desk between the tapers: that indeed was a noble story–like all the stories that never get written. I conceived the dead men coming up through the flames and in the flames, and being welcomed in the Eternal Tavern with songs and flowing cups and everlasting mirth. But every man is the child of his age, however much he may hate it; and our popular religion has long determined that jollity is wicked. As far as I can make out modern Protestantism believes that Heaven is something like Evensong in an English cathedral, the service by Stainer and the Dean preaching. For those opposed to dogma of any kind–even the mildest–I suppose it is held that a Course of Ethical Lectures will be arranged.

Well, I have long maintained that on the whole the average church, considered as a house of preaching, is a much more poisonous place than the average tavern; still, as I say, one’s age masters one, and clouds and bewilders the intelligence, and the real story of THE BOWMEN, with its «sonus epulantium in æterno convivio», was ruined at the moment of its birth, and it was some time later that the actual story got written. And in the meantime the plot of THE BOWMEN occurred to me. Now it has been murmured and hinted and suggested and whispered in all sorts of quarters that before I wrote the tale I had heard something. The most decorative of these legends is also the most precise: «I know for a fact that the whole thing was given him in typescript by a lady-in-waiting.» This was not the case; and all vaguer reports to the effect that I had heard some rumours or hints of rumours are equally void of any trace of truth.

Again I apologise for entering so pompously into the minutiæ of my bit of a story, as if it were the lost poems of Sappho; but it appears that the subject interests the public, and I comply with my instructions. I take it, then, that the origins of THE BOWMEN were composite. First of all, all ages and nations have cherished the thought that spiritual hosts may come to the help of earthly arms, that gods and heroes and saints have descended from their high immortal places to fight for their worshippers and clients. Then Kipling’s story of the ghostly Indian regiment got in my head and got mixed with the mediævalism that is always there; and so THE BOWMEN was written. I was heartily disappointed with it, I remember, and thought it–as I still think it–an indifferent piece of work. However, I have tried to write for these thirty-five long years, and if I have not become practised in letters, I am at least a past master in the Lodge of Disappointment. Such as it was, THE BOWMEN appeared in THE EVENING NEWS of September 29th, 1914.

Now the journalist does not, as a rule, dwell much on the prospect of fame; and if he be an evening journalist, his anticipations of immortality are bounded by twelve o’clock at night at the latest; and it may well be that those insects which begin to live in the morning and are dead by sunset deem themselves immortal. Having written my story, having groaned and growled over it and printed it, I certainly never thought to hear another word of it. My colleague THE LONDONER praised it warmly to my face, as his kindly fashion is; entering, very properly, a technical caveat as to the language of the battle-cries of the bowmen. «Why should English archers use French terms?» he said. I replied that the only reason was this–that a «Monseigneur» here and there struck me as picturesque; and I reminded him that, as a matter of cold historical fact, most of the archers of Agincourt were mercenaries from Gwent, my native country, who would appeal to Mihangel and to saints not known to the Saxons–Teilo, Iltyd, Dewi, Cadwaladyr Vendigeid. And I thought that that was the first and last discussion of THE BOWMEN. But in a few days from its publication the editor of THE OCCULT REVIEW wrote to me. He wanted to know whether the story had any foundation in fact. I told him that it had no foundation in fact of any kind or sort; I forget whether I added that it had no foundation in rumour but I should think not, since to the best of my belief there were no rumours of heavenly interposition in existence at that time. Certainly I had heard of none. Soon afterwards the editor of LIGHT wrote asking a like question, and I made him a like reply. It seemed to me that I had stifled any BOWMEN mythos in the hour of its birth.

A month or two later, I received several requests from editors of parish magazines to reprint the story. I–or, rather, my editor–readily gave permission; and then, after another month or two, the conductor of one of these magazines wrote to me, saying that the February issue containing the story had been sold out, while there was still a great demand for it. Would I allow them to reprint THE BOWMEN as a pamphlet, and would I write a short preface giving the exact authorities for the story? I replied that they might reprint in pamphlet form with all my heart, but that I could not give my authorities, since I had none, the tale being pure invention. The priest wrote again, suggesting–to my amazement–that I must be mistaken, that the main «facts» of THE BOWMEN must be true, that my share in the matter must surely have been confined to the elaboration and decoration of a veridical history. It seemed that my light fiction had been accepted by the congregation of this particular church as the solidest of facts; and it was then that it began to dawn on me that if I had failed in the art of letters, I had succeeded, unwittingly, in the art of deceit. This happened, I should think, some time in April, and the snowball of rumour that was then set rolling has been rolling ever since, growing bigger and bigger, till it is now swollen to a monstrous size.

It was at about this period that variants of my tale began to be told as authentic histories. At first, these tales betrayed their relation to their original. In several of them the vegetarian restaurant appeared, and St. George was the chief character. In one case an officer–name and address missing–said that there was a portrait of St. George in a certain London restaurant, and that a figure, just like the portrait, appeared to him on the battlefield, and was invoked by him, with the happiest results. Another variant–this, I think, never got into print–told how dead Prussians had been found on the battlefield with arrow wounds in their bodies. This notion amused me, as I had imagined a scene, when I was thinking out the story, in which a German general was to appear before the Kaiser to explain his failure to annihilate the English.

«All-Highest,»the general was to say,»it is true, it is impossible to deny it. The men were killed by arrows; the shafts were found in their bodies by the burying parties.»

I rejected the idea as over-precipitous even for a mere fantasy. I was therefore entertained when I found that what I had refused as too fantastical for fantasy was accepted in certain occult circles as hard fact.

Other versions of the story appeared in which a cloud interposed between the attacking Germans and the defending British. In some examples the cloud served to conceal our men from the advancing enemy; in others, it disclosed shining shapes which frightened the horses of the pursuing German cavalry. St. George, it will he noted, has disappeared–he persisted some time longer in certain Roman Catholic variants–and there are no more bowmen, no more arrows. But so far angels are not mentioned; yet they are ready to appear, and I think that I have detected the machine which brought them into the story.

In THE BOWMEN my imagined soldier saw «a long line of shapes, with a shining about them.» And Mr. A.P. Sinnett, writing in the May issue of THE OCCULT REVIEW, reporting what he had heard, states that «those who could see said they saw ‘a row of shining beings’ between the two armies.» Now I conjecture that the word «shining» is the link between my tale and the derivative from it. In the popular view shining and benevolent supernatural beings are angels, and so, I believe, the Bowmen of my story have become «the Angels of Mons.» In this shape they have been received with respect and credence everywhere, or almost everywhere.

And here, I conjecture, we have the key to the large popularity of the delusion–as I think it. We have long ceased in England to take much interest in saints, and in the recent revival of the cultus of St. George, the saint is little more than a patriotic figurehead. And the appeal to the saints to succour us is certainly not a common English practice; it is held Popish by most of our countrymen. But angels, with certain reservations, have retained their popularity, and so, when it was settled that the English army in its dire peril was delivered by angelic aid, the way was clear for general belief, and for the enthusiasms of the religion of the man in the street. And so soon as the legend got the title «The Angels of Mons» it became impossible to avoid it. It permeated the Press: it would not be neglected; it appeared in the most unlikely quarters–in TRUTH and TOWN TOPICS, THE NEW CHURCH WEEKLY (Swedenborgian) and JOHN BULL. The editor of THE CHURCH TIMES has exercised a wise reserve: he awaits that evidence which so far is lacking; but in one issue of the paper I noted that the story furnished a text for a sermon, the subject of a letter, and the matter for an article. People send me cuttings from provincial papers containing hot controversy as to the exact nature of the appearances; the «Office Window» of THE DAILY CHRONICLE suggests scientific explanations of the hallucination; the PALL MALL in a note about St. James says he is of the brotherhood of the Bowmen of Mons–this reversion to the bowmen from the angels being possibly due to the strong statements that I have made on the matter. The pulpits both of the Church and of Non-conformity have been busy: Bishop Welldon, Dean Hensley Henson (a disbeliever), Bishop Taylor Smith (the Chaplain-General), and many other clergy have occupied themselves with the matter. Dr. Horton preached about the «angels» at Manchester; Sir Joseph Compton Rickett (President of the National Federation of Free Church Councils) stated that the soldiers at the front had seen visions and dreamed dreams, and had given testimony of powers and principalities fighting for them or against them. Letters come from all the ends of the earth to the Editor of THE EVENING NEWS with theories, beliefs, explanations, suggestions. It is all somewhat wonderful; one can say that the whole affair is a psychological phenomenon of considerable interest, fairly comparable with the great Russian delusion of last August and September.

* * *

Now it is possible that some persons, judging by the tone of these remarks of mine, may gather the impression that I am a profound disbeliever in the possibility of any intervention of the super-physical order in the affairs of the physical order. They will be mistaken if they make this inference; they will be mistaken if they suppose that I think miracles in Judaea credible but miracles in France or Flanders incredible. I hold no such absurdities. But I confess, very frankly, that I credit none of the «Angels of Mons» legends, partly because I see, or think I see, their derivation from my own idle fiction, but chiefly because I have, so far, not received one jot or tittle of evidence that should dispose me to belief. It is idle, indeed, and foolish enough for a man to say: «I am sure that story is a lie, because the supernatural element enters into it;» here, indeed, we have the maggot writhing in the midst of corrupted offal denying the existence of the sun. But if this fellow be a fool–as he is–equally foolish is he who says, «If the tale has anything of the supernatural it is true, and the less evidence the better;» and I am afraid this tends to be the attitude of many who call themselves occultists. I hope that I shall never get to that frame of mind. So I say, not that super-normal interventions are impossible, not that they have not happened during this war–I know nothing as to that point, one way or the other–but that there is not one atom of evidence (so far) to support the current stories of the angels of Mons. For, be it remarked, these stories are specific stories. They rest on the second, third, fourth, fifth hand stories told by «a soldier,» by «an officer,» by «a Catholic correspondent,» by «a nurse,» by any number of anonymous people. Indeed, names have been mentioned. A lady’s name has been drawn, most unwarrantably as it appears to me, into the discussion, and I have no doubt that this lady has been subject to a good deal of pestering and annoyance. She has written to the Editor of THE EVENING NEWS denying all knowledge of the supposed miracle. The Psychical Research Society’s expert confesses that no real evidence has been proffered to her Society on the matter. And then, to my amazement, she accepts as fact the proposition that some men on the battlefield have been «hallucinated,» and proceeds to give the theory of sensory hallucination. She forgets that, by her own showing, there is no reason to suppose that anybody has been hallucinated at all. Someone (unknown) has met a nurse (unnamed) who has talked to a soldier (anonymous) who has seen angels. But THAT is not evidence; and not even Sam Weller at his gayest would have dared to offer it as such in the Court of Common Pleas. So far, then, nothing remotely approaching proof has been offered as to any supernatural intervention during the Retreat from Mons. Proof may come; if so, it will be interesting and more than interesting.

But, taking the affair as it stands at present, how is it that a nation plunged in materialism of the grossest kind has accepted idle rumours and gossip of the supernatural as certain truth? The answer is contained in the question: it is precisely because our whole atmosphere is materialist that we are ready to credit anything–save the truth. Separate a man from good drink, he will swallow methylated spirit with joy. Man is created to be inebriated; to be «nobly wild, not mad.» Suffer the Cocoa Prophets and their company to seduce him in body and spirit, and he will get himself stuff that will make him ignobly wild and mad indeed. It took hard, practical men of affairs, business men, advanced thinkers, Freethinkers, to believe in Madame Blavatsky and Mahatmas and the famous message from the Golden Shore: «Judge’s plan is right; follow him and STICK.»

And the main responsibility for this dismal state of affairs undoubtedly lies on the shoulders of the majority of the clergy of the Church of England. Christianity, as Mr. W.L. Courtney has so admirably pointed out, is a great Mystery Religion; it is the Mystery Religion. Its priests are called to an awful and tremendous hierurgy; its pontiffs are to be the pathfinders, the bridge-makers between the world of sense and the world of spirit. And, in fact, they pass their time in preaching, not the eternal mysteries, but a twopenny morality, in changing the Wine of Angels and the Bread of Heaven into gingerbeer and mixed biscuits: a sorry transubstantiation, a sad alchemy, as it seems to me.

Los arqueros
Traducción: Darío Lavia

Pasó durante la Retirada de los 80 mil, y la autoridad de la censura es suficiente excusa para no ser más explícito. Pero pasó durante el más terrible día de aquella terrible época, el día en que la ruina y el desastre llegó tan cerca que su sombra cayó sobre Londres; y, sin ninguna noticia certera, los corazones de los hombres se angustiaron; como si la agonía de los ejércitos en el campo de batalla hubiera ingresado en sus almas.

En este amargo día, cuando trescientos mil soldados con sus artillerías se desbordaron como una inundación contra la pequeña compañía inglesa, había un punto específico en nuestra línea de batalla que estaba en peligro atroz, no de mera derrota, sino de suprema aniquilación. Con el permiso de la Censura y de los expertos militares, esa posición podía ser descripta como una saliente, y si esa unidad que la defendía era aplastada y quebrada, entonces, todas las fuerzas británicas serían despedazadas, y los Aliados deberían retroceder y se perdería inevitablemente el Sedán.

Durante toda la mañana los cañones alemanes habían tronado y desgarrado el área, y a los cientos o más de hombres que la defendían. Los hombres bromeaban sobre los cañonazos y encontraban nombres graciosos para estos, hacían apuestas y los recibían con pequeñas canciones. Pero las balas seguían explotando y desgarrando las extremidades de buenos ingleses, y a medida que las horas del día avanzaban, también lo hacían los terribles cañonazos. Parecía que no había auxilio. La artillería inglesa era buena, pero no había suficientes unidades cerca y las que quedaban, habían sido rápidamente reducidas a chatarra por las explosiones.

Hay momentos en una tormenta en el mar en que la gente se dice entre sí, «esto es lo peor; no puede ser más duro.» y entonces hay un trueno diez veces más fiero que todos los anteriores. Así estaban en esa trinchera los británicos.

No había corazones más fuertes en el mundo entero que los de aquellos hombres; pero igualmente se veían espantados por esos mortíferos cañonazos alemanes que les caían encima y los aplastaban. Y en un momento pudieron divisar desde sus cubrimientos, que una tremenda muchedumbre se estaba movilizando hacia sus líneas. Los quinientos supervivientes que aún resistían pudieron divisar a lo lejos a la infantería alemana que venía a presionarlos, columna tras columna, una hueste de hombres grises, diez mil de ellos.

No había mucha esperanza. Algunos de ellos se chocaron las manos. Un hombre improvisó una nueva versión del canto de batalla, «Adiós, adiós a Tipperary,» terminando con «y no volveremos más». Todos se comenzaron a despedir con rapidez. Los oficiales creían que esta sería una buena oportunidad de ascenso; en tanto los alemanes avanzaban línea tras línea. El humorista de Tipperary preguntó: «¿qué precio tiene en Sidney Street?» Y un par de ametralladoras hicieron lo mejor posible. Pero todos sabían que era inútil. Los cuerpos grises seguían su avance en compañías y batallones, y otros se les unían, y se expandían y avanzaban más y más.

«Mundo sin fin. Amén,» dijo uno de los soldados con cierta irrelevancia, mientras apuntaba y disparaba. Y luego recordó, no podía saber el porqué, un extraño restaurante vegetariano en Londres, donde había ido una o dos veces a comer excéntricos platos de coteletas hechas de lentejas y nueces que pretendían ser bistecs. Todos los platos de ese restaurante tenían impresos una figura azulada de San Jorge, con la consigna Adsit Anglis Sanctus Geogius, que San Jorge ayude a los ingleses. Este soldado resultó que sabía latín y otras cosas inútiles, y en ese momento, mientras disparaba a su hombre en la masa que avanzaba, a 300 yardas de distancia, vociferó aquella pía frase vegetariana. Y siguió disparando hasta el fin, y al final Bill, a su derecha, tuvo que abofetearlo alegremente para obligarlo a detenerse, diciéndole que si seguía así, malgastaría las municiones de Su Majestad y no podía desperdiciarlas en horadar pequeños parches de alemanes muertos.

El estudiante de latín, luego de pronunciar su invocación, sintió algo así como una sensación de entre estremecimiento y shock eléctrico. El rugido de la batalla se acalló en sus oídos y se trocó en un apacible murmullo, y en vez de tal sonido, escuchó, según dijo luego, una gran voz, que resonaba como el trueno: «¡Formación, formación, formación!»

Su corazón comenzó a arder como una brasa y luego se enfrió como el hielo, ya que le pareció escuchar como un tumulto de voces respondía al llamamiento. Escuchó, o creyó escuchar, a cientos que gritaban: «¡San Jorge, San Jorge!»

«¡Ha! Señor; ¡ha! ¡dulce Santo, sálvanos!»

«¡San Jorge por la feliz Inglaterra!»

«¡Salve! ¡Salve! Monseigneur San Jorge, socórrenos.»

«¡Ha! ¡San Jorge! ¡Ha! ¡San Jorge! Un fuerte y enorme arco.»

«¡Caballero del Cielo, ayúdanos!»

Y mientras el soldado escuchaba esas voces, vio frente a sí mismo, más allá de la trinchera, una larga línea de formas, con aureolas resplandecientes a su alrededor. Eran como hombres que llevaban arcos, y luego de un grito, lanzaron su nube de flechas, silbando y zumbando a través del aire, hacia la masa de alemanes.

Los otros hombres en la trinchera seguían disparando. No tenían esperanza; pero seguían apuntando como si estuvieran disparando en Bisley. De pronto uno de ellos elevó su voz en inglés, «¡Dios nos ayuda!» gritó al hombre que estaba a su lado, «¡esto es maravilloso! ¡Mira a aquellos hombres, míralos! ¿Los ves? No están cayendo por docenas, ni por cientos; caen por miles. ¡Mira, mira, mira! Mientras te digo esto, ha caído un regimiento.»

«¡Cállate!» dijo el otro soldado, tomando un blanco, «¡que estamos por ser gaseados!»

Pero luego de hablar tragó saliva del asombro, ya que era verdad que los hombres grises estaban cayendo por miles. Los ingleses podían escuchar los gritos guturales de los oficiales alemanes, el crepitar de sus revólveres al disparar a los renuentes; y cómo línea tras línea, caían todos por tierra.

En todo momento el soldado cultivado en el latín escuchaba el grito: «¡Salve, salve! ¡Monseigneur, santo, rápido en nuestra ayuda! ¡San Jorge, ayúdanos!»

«¡Sumo Caballero, defiéndenos!»

Las zumbantes flechas volaban tan rápido y en espesas nubes que oscurecían el cielo; la masa pagana se iba disolviendo frente a los soldados.

«¡Más ametralladoras!» gritó Bill a Tom.

«No los escuches,» respondió Tom. «Pero, gracias a Dios, de todas maneras; hemos triunfado.»

De hecho, hubo diez mil soldados alemanes muertos antes de llegar a esa saliente de la tropa inglesa, y consecuentemente no alcanzaron Sedán. En Alemania, un país regido por los principios científicos, el Alto Mando General decidió que los indignos ingleses habían utilizado tanques que contenían un gas venenoso de naturaleza desconocida, y no hallaron heridas reconocibles en los cuerpos de los soldados muertos. Pero el hombre que había probado nueces que sabían como bistec, supo que San Jorge había traído esos arqueros de Agincourt a auxiliar a sus pares.

Los restos del soldado
Traducción: Emilio Quintana

Pas

The Monstrance
Traducción: Emilio Quintana

Pas

The Dazzling Light
Traducción: Emilio Quintana

Pas

Los arqueros y otros nobles fantasmas, por «The LOndoner»
Traducción: Emilio Quintana

Pas

Postescrito
Traducción: Emilio Quintana

Pas

Arthur Machen

Simonetta Bartolini: L’epica della Grande Guerra. Il fallimento degli intellettuali (2016)

Emilio Quintana Pareja
Estocolmo, Suecia

    Reseña | Simonetta Bartolini: L'epica della Grande Guerra. Il fallimento degli intellettuali. Milano, Luni Editrice, 2016.

Epica_guerra_sito_ml Lo importante de este libro de Simonetta Bartolini (Università di Studi internazionali di Roma) es la capacidad de integrar lo mitológico en el mundo moderno de la Gran Guerra. En unos momentos en que los estudios sobre la Gran Guerra se decantan por el testimonio directo, histórico, de su radical realidad histórica, Bartolini rescata su imaginario heróico y sublime, su naturaleza épica.

Frente a «le memorie della Grande guerra, lette fino a oggi sopratutto come testimoniante nella sfera della narrazione epica in chiave moderna», la autora contrapone «l´insieme dei racconti di guerra [come] un´epica alla maniera omerica». En este libro se deja de centrar la atención en la sociología y se apuesta mayormente por la narración épica, es decir, por la poesía. En este sentido, coincide con autores como Paul Fussell, que han llamado la atención sobre la importancia de los escritores a la hora de dar cuenta del acontecimiento bélico.

La autora, sin embargo, no sólo se sirve de textos literarios, periodísticos, o de memorias/diarios, sino que reinterpreta las cartas desde el frente, un material inmenso que se sigue estudiando sin descanso. En este sentido, conviene recoradr que uno de los primeros filólogos que resaltó la importancia de este material tan rico fue el estilista Leo Spitzer, que -hecho desconocido para muchos de los que estudiamos Etilística en la Universidad española de los 80, con manuales de su discípulo Dámaso Alonso de la Biblioteca Gredos- pasó la guerra en la oficina de censura de las cartas que mandaban a casa los prisioneros italianos desde Alemania. Su recopilación de 1921 es, por tanto, un documento de gran importancia: Italienische Kriegsgefangenenbriefe. Materialien zu einer Charakteristik der volkstümlichen italienischen Korrespondenz. Peter Hanstein, Bonn 1921.

italienischekrie00spituoftBartolini, en todo caso, tiene la originalidad de considerar como más «auténticos» los textos literarios (Serra, Radiguet, Soffici, Cendrars, Barbusse, Remarque…) que las cartas censuradas desde el frente o los campos de prisioneras.

Por lo demás, ¿a qué viene un subtítulo como «il fallimento degli intellettuali»? Para Bartolini los intelectuales fueron en su mayor parte favorables a la guerra, en la que vieron un hecho exaltadamente purificador. La sociedad moderna, pensaban, saldría redefinida en su decadencia burguesa mercantilista, en su modernidad incuestionable. Sin embargo, precisamente el hecho de que los «intelectuales» estuvieran, en buena parte, fuera del mercado de la modernidad, hizo que no supieran percibir correctamente la esencia de la guerra, un conflicto que iba paradójicamente a acelerar la tragedia tecnológica del siglo XX, una tragedia forjada en el aburrimiento de las trincheras, algo que se analiza en este grueso pero excelentemente legible libro.

El germanismo de Johann Plenge y Paul Lensch en el nacimiento del Estado del Bienestar sueco

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

krieg1Uno de los debates más interesantes de la Gran Guerra en el bando alemán fue el que puso sobre la mesa Johann Plenge (1874-1963) en su libro «Der Krieg und die Volkswirtschaft» («La guerra y la economía». Borgmeyer, Münster, 1915), ya que defiende que Alemania lucha contra las ideas de la Revolución Francesa. El pensamiento de Plenge fue recogido en Suecia por Rudolf Kjellén (inventor de la «geopolítica»), que opuso a los valores de «libertad, igualdad y fraternidad» los nuevos valores de «orden, justicia y solidaridad nacional» 1.

En la misma línea de Plenge, encontramos la figura de Paul Lensch (1873-1926), nacionalista alemán y marxista. Estas dos características marcan su posición desde el principio de la Gran Guerra. Como todo totalitario, une patria y socialismo, en el intento de crear un «hogar» en el que se identifquen Estado y pueblo. En su pensamiento nacional-socialista se encuentra el germen de un socialismo nacionalista que se encarnará en el nazismo, doble cara de la misma moneda, como supe ver Friedrich Hayek en Camino de servidumbre.

El nacionalismo germánico de Lensch repudia como anacronico el «viejo capitalismo, liberal e individualista» de Inglaterra. Aboga por un Imperio Alemán Totalitario, autárquico, proteccionista, fascista o leninista, le da igual (Lenin, Hobson, Bismarck, todo merece la pena). Para Lensch, el Estado es algo históricamente configurado.

En este sentido, confluye con la teoría de la geopolítica del sueco Kjellén. El enemigo a batir es Inglaterra, ya que Alemania representa los valores de la sociedad futura, revolucionaria. Alemania, por tanto, se revela como objeto divino de cambio geopolítico: «Prusia no es un Estado con un ejército, sino un ejército con un Estado», afirma. En cierto modo, sin la infuencia de Lensch sobre Rudolf Kjellén no es posible comprender la creación del Estado socialista del Bienestar sueco, que se desarrolla precisamente después de la Gran Guerra.

  1. Cf 1789 und 1914: Die symbolischen Jahre in der Geschichte des politischen Geistes, Springer, Berlin, 1916

Richard Strauss y Alexander Lernet-Holenia: Posible significado en una relación imposible

Pablo Romera Gabella
IES Cristóbal de Monroy, Alcalá de Guadaíra (Sevilla)

Este artículo presenta la "imposible" relación entre el gran compositor alemán Richard Strauss y el mediocre (pero exitoso) escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia. Sin embargo ambos estaban unidos por un "ideal" tal como aparece en dos de sus obras. This article presents the "impossible" relationship between the great German composer Richard Strauss and mediocre (but successful) Austrian writer Alexander Lernet- Holenia. However both were united by an "ideal" as it appears in two of their works.

“Lo que el hombre aislado puede producir, es casi siempre muy poca cosa; pero lo que los hombres pueden producir entre todos, especialmente cuando les mueve una idea –y en el fondo sólo una idea puede moverlos-sobrepasa toda medida”
Alexander Lernet-Holenia.1

La I Guerra Mundial y Richard Strauss

lernet3-website1Richard Strauss (1864-1949) era quizá el mejor compositor vivo en tiempos de la I Guerra Mundial; y la novela El Estandarte (1934) del escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), una de las más interesantes sobre el conflicto, aunque no la mejor (véanse en su misma temática La marcha de Radetzky y La cripta de los Capuchinos de Joseph Roth).

La I Guerra Mundial supuso un descalabro económico para Strauss, ya que perdió su fortuna que tenía en bancos británicos, un gesto por otra parte, poco “patriótico” para un alemán. Por ello, es un poco injusto lo que escribió el poeta Walter Hansencleaver: “los asesinos se sientan sobre El caballero de la Rosa2. Ante la guerra, Strauss mostró un rasgo típico suyo: su pragmatismo, cuando no egoísmo. En 1914 lo que más le preocupaba era terminar su ópera La mujer sin sombra (que estrenaría en 1919) y “que el demonio se lleve a esos malditos serbios”. Pero un año más tarde, en 1915, cuando compuso su Sinfonía alpina, escribía a su amigo y colaborador Hugo von Hofmannsthal sobre los combatientes: “uno debería sentirse muy agradecido si alguno de estos pobres sujetos es capaz de librarse de los piojos y las chinches y finalmente de la muerte” 3.

En el concierto celebrado en Sarajevo el 28 de junio de 2014, que conmemoraba el inicio de la Gran Guerra, resultó extraño que no apareciera alguna de las obras de Strauss, aunque sí se tocó una obra de Strauss, pero de otro Strauss… Veremos al final el por qué.

La relación imposible

La relación imposible ocurrió entre Richard Strauss y Alexander Lernet-Holenia, candidato a ser el libretista de sus óperas tras el fallecimiento del austríaco Hugo von Hofmannsthal (Electra, El caballero de la Rosa, Ariadna en Naxos,…) en 1929 y el abandono en 1935 de su sucesor, el también austríaco Stefan Zweig, por cometer el grave “delito” de ser judío en la Alemania nazi. Fue precisamente Zweig quien le propuso a Strauss como su nuevo libretista al dramaturgo, poeta y novelista de éxito Alexander Lernet-Holenia. Zweig se lo pintó como un hombre distinguido, y que conjugaba lo dramático y lo grotesco, algo tan al gusto de Strauss. Sin embargo el músico, desde el principio, se mostró escéptico y le señalaba a su amigo que para ese trabajo se requería “un gran talento”, el cual no presuponía en el novelista. Tras leer dos obras teatrales que Lernet le envió, Strauss vio confirmadas sus sospechas e indignado le escribiría a Zweig:

“Francamente no sé lo que pensar de ti. No puedes creer seriamente que ese hombre, capaz de publicar esas estúpidas, insípidas y tontas obras podría escribir un libreto para mí” 4.

Fin de la historia. Pero lo que separó la biografía lo uniría el mito cultural, en el cual ambos estaban inmersos. Justamente eso intentaremos explicar.

Richard Strauss: el compositor sin (aparentemente) pretensiones.

Para uno de los más recientes biógrafos de Strauss, Bryan Gilliam, clasificar a este autor es difícil. Para muchos fue un músico sin carácter, un músico-burgués (tal como lo fue Brahms), vendido al capitalismo, que dirigía conciertos en grandes almacenes norteamericanos y al que se le acusaba de “hacer música de cine” (realizaría la banda sonora de la adaptación cinematográfica de El caballero de la Rosa). Stravinsky dijo sobre él “que no asumía ningún compromiso”. George R. Marek le llamó “el héroe de la pantuflas”.

Strauss afirmaba que era un músico de melodías cortas, como su idolatrado Mozart (otro austríaco) y socarronamente les diría a sus críticos: “Puedo no ser un compositor de primera fila, ¡pero sí que soy un compositor de primera fila de segunda clase!” 5.

Su biógrafo de referencia, Norman del Mar, escribiría que era un autor “modestamente genial”. Bryan Gilliam, a su vez, afirma que su aparente falta de estilo escondía algo “postmoderno”, ya que entendió que la música del siglo XX carecía de un estilo único, de uniformidad, al contrario de lo que ocurrió en el siglo XIX. De tal forma, Strauss transitó del cuasi vanguardismo al neoclasicismo, pasando por el posromanticismo y demás “ismos”. Pero Strauss escondía un trasfondo intelectual y metafísico más profundo…

El poema sinfónico: Muerte y transfiguración.

Partiendo de Listz el poema sinfónico (“tone poem”) fue la principal novedad en las formas musicales del siglo XIX, y fue Strauss quien lo llevo a la categoría sinfónica con una complejidad y libertad superlativas 6. En 1889 con 25 años compuso este poema sinfónico bajo una doble influencia. Por un lado, la de Cósima Wagner, que tras su vitalista Don Juan, le pedía “buscar el motivo eterno”; y por otro, su amigo de Múnich, el músico y poeta Alexander Ritter que defendía la fusión de la filosofía de Schopenhauer con la música de Listz y Wagner.

El programa de Muerte y Transfiguración es el siguiente: un joven artista en su lecho de muerte vuelve la vista atrás, a su infancia y juventud; lucha contra la muerte y las adversidades en pos de la consecución del “ideal” que sólo llegará tras su muerte y que transfigurado logrará imponerse, pasando a formar parte del “cosmos eterno” (en palabras del propio Strauss).

La transfiguración fue un tema recurrente en toda su obra; recordemos su Metamorfosis, obra para instrumentos de cuerda de 1944, y la inclusión del tema del “ideal” en la última de sus Cuatro últimas canciones (1948) titulada “Crepúsculo” sobre un poema del romántico alemán, pero “filoaustríaco”, Joseph von Eicherdorf. Incluso en su propia muerte fue importante, ya que antes de expirar dijo a su nuera: “esto es como yo lo compuse en Muerte y transfiguración7.

Este poema sinfónico se inserta en su primer ciclo sinfónico junto al ya citado Don Juan y Mácbeth, donde no se observa aún su defensa del individualismo neopagano de Nietzsche, tal como hizo en su segundo ciclo con obras como Así habló Zaratrusta, Don Quijote o Vida de héroe. No obstante, queremos apuntar que en 1872 (con prólogo de Wagner) escribió Nietzsche El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música. En dicha obra aparece el tema de la transfiguración a partir del cuadro homónimo de Rafael, donde aparecen dos mundos: el mundano, lleno de sufrimientos, y el celestial. Esto le llevaría a entender “por qué se necesita todo ese mundo de tormentos para presionar al individuo a crear la visión liberadora” 8. No sabemos si Strauss llegaría a utilizar a Nietzche, pero “liberacion” o “redención”, fue la palabra utilizada por Alexander Ritter en el poema que acompañaba al programa de mano en el estreno en 1890 de dicha obra, y que fue escrito a petición del propio Strauss. Es interesante señalar aquí que Strauss se consideró siempre un agnóstico total y falto de cualquier tipo de religiosidad. Quedémonos, por tanto, con ese concepto “transfiguración”, una idea que nos irá acercando al desenlace de esa relación en principio “imposible”.

Alexander Lernet-Holenia: el escritor con (aparentemente) pretensiones.

224709Ahora rescatado, Alexander Lernet-Holenia fue un prolífico autor en varios géneros, destacando sus novelas, especialmente las dedicadas al fin del imperio austro-húngaro, al cual se sentía sentimentalmente unido; él mismo llegaría a reivindicar unos pretendidos orígenes nobiliarios que lo emparentaban con los Habsburgo. Tras luchar muy joven en la I Guerra Mundial, comenzó una prometedora carrera como dramaturgo y poeta, que lo llevó a frecuentar el selecto círculo literario vienés de Zweig y Hofmannsthal, los cuales eran, a su vez, muy cercanos a Strauss.

En los años 30 comenzó a escribir novelas que llegaron a ser muy populares, destacando entre ellas El Estandarte (1934) y El Barón Bagge (1936). En los años 40 fue guionista para el cine de la Alemania nazi. A pesar de esto, y tras la guerra, siguió su carrera de éxitos con gran tirón popular (en España sus novelas se publicaron en la popular colección “Reno” de Plaza y Janés).

Un hecho que le unía a Strauss fue, tras un primer colaboracionismo con los nazis, su defenestración a manos de Goebbels, que intentó aniquilarlos como artistas públicos retirándolos “del mercado”. A Lernet por su novela crítica con el nazismo: Marte en Ares (1941) y a Strauss por hacer música “aria” junto a un judío, Zweig.

La novela: El Estandarte.

El Estandarte se publicó en 1934 y era una de esas “novelas ligeras” en la que malgastaba su talento, según su amigo Zweig (pero que le llenaban los bolsillos).

DIE_STANDARTE_BUCH_BERLIN_1934__790_smallEl programa de la novela nos es familiar. El ex-oficial de caballería austríaca Menis recuerda, en la Viena de postguerra, su infancia y sobre todo su juventud, cuando participó en el final de la Gran Guerra en Belgrado, en noviembre de 1918. Menis es presentado como un moribundo (en sentido espiritual), un “muerto viviente”, un “yonki” del impero que ve irrealizada en esta vida su “ideal”: el imperio. Éste se materializaba en el estandarte de su regimiento, al cual ha jurado lealtad hasta la muerte como el resto de los soldados imperiales.

El moribundo de Strauss reinventa el objeto de su vida en su lecho de muerte, lo mismo que Menis reinventa su imperio para transfigurarlo en un estandarte que, tras la muerte del Imperio, debe volver a su origen: el palacio imperial de Viena. Para alcanzar esta “sagrada” misión estará dispuesto a sacrificar a su amada y a él mismo.

Es interesante señalar que en la novela los verdaderos soldados (los “más valientes” como diría el poeta Walt Whitman) son los muertos, los que mantuvieron hasta el final el juramento de lealtad al emperador. Los “zombis” son los que sobreviven, los que no se han transfigurado en el aquel “ejército invisible” al que se referiría Elias Canetti.

Además de esto, aparecen en la novela escenas muy straussianas, como las aventuras galantes en la representación de Las bodas de Fígaro, que nos recuerdan a las que Hoffmannsthal escribió para El caballero de la Rosa. Sin embargo, lo que nos interesa son sus referencias al “ideal”, que es el tema central del libro. Así nos presenta el autor el objeto de deseo mítico, el estandarte:

“Con los destellos que salían de su punta manifestó su pretensión de ser una enseña del reino, soberana, imperial, sagrada… Los pliegues de su brocado todavía exhalaban el perfume solemne del incienso de las misas de campaña y procesiones, el aroma dulzón de la sangre de las victorias y el amargor de las guirnaldas de laureles.

Lentamente me acerqué al estandarte, pero era infinitamente difícil aproximársele, consentido como era; alargué las manos en su dirección como se hace, para no asustarlo, ante un animal noble y salvaje…pero mis manos estaban vacías, venía con la manos vacías, no podía llevarlo más a la cabeza de los maravillosos escuadrones, de los ejércitos blancos como la nieve, como todos mis antecesores; mis manos solo eran las de una alférez de un regimiento amotinado, de un fin de casta de una época sin gloria… Pero finalmente, sin embargo, toqué el brocado como si palpara los bucles de una novia, y también su contacto era suave como el pelo de niña; hoy era noche nupcial, pero yo no la celebré con aquella a quien había prometido ir, sino con esta enseña, más pura de lo que jamás había sido una mujer” 9.

Al final de la novela, cuando el héroe llega al fin a una Viena postheróica, el “ideal” parece transfigurarse cuando el depuesto emperador ordenó quemar las banderas imperiales, y entre ellas el “sagrado” estandarte:

“Las banderas se quemaban, los estandartes ardían, miré al fuego donde en medio de las llamas crepitantes se hundían las enseñas entre brasas sangrientas. Sin embargo, en el momento en que se hundían me pareció como si resucitaran… Luego el fuego volvió a replegarse sobre sí mismo, la visión desapareció, y solo unas cuantas llamitas aletearon aquí y allá en la cueva negra de la chimenea; al fin estas también se apagaron y no quedaron más que cenizas grises” 10

El ideal

Aunque separen más de cuarenta años a ambas obras, el clima cultural era el mismo para ambas, ya que la transfiguración era un tema fundamental para la generación de literatos y pensadores austríacos que vieron el final del Imperio austro-húngaro.

Siendo atrevidos, podemos decir que la música de Richard Strauss, es la música del fin del imperio habsbúrgico. Aunque era alemán, era el más “austríaco” de los músicos alemanes. Y esto no es porque compusiera el himno Austria en 1929 con letra del poeta, dramaturgo y director del Burgtheater de Viena, Anton Wildgans (otro “yonki del imperio”). Habría que destacar que Strauss le cambió el título germano de “Österreich” por el latino de “Austria”, más universalista, un elemento carácterístico del “ideal” o “mito habsbúrgico”. No obstante, tampoco podemos ir más allá ya que también Strauss compondría el himno de las Olimpiadas nazis de 1936.

Aunque no tenemos constancia directa de que Strauss fuero otro “yonki del imperio”, en cambio sí sabemos que se consideraba y era considerado en Viena como uno de los suyos, y no sólo en su periodo como codirector de la Ópera Estatal de Viena (1919-1924). La ciudad de Viena, capital cultural del mundo burgués según el historiador vienés Eric Hobsbawm, siempre acogió muy bien sus obras desde el estreno en Graz de su polémica Salomé (donde estaba en primera fila su amigo Mahler) hasta sus últimos conciertos en el Festival de Salzburgo (del que fue uno de los principales impulsores en los años 20) y Viena bajo las bombas aliadas en 1944. Allí fue a refugiarse en 1941 del acoso nazi tras su famoso comentario sobre Mozart y la raza aria 11. Viena le nombraría hijo honorario y le cedió un palacete en el Belvedere, que antes perteneció al Archiduque Francisco Fernando, a cambio del manuscrito original de El caballero de la Rosa, ya que los austriacos consideraron a esta ópera como parte de su patrimonio inmaterial.

Tras todo esto llega el momento de preguntarse ¿cuál es ese ideal del que hablamos? Ese ideal creemos que no es otro que el “mito habsbúrgico”. Sobre éste hay dos perspectivas: una más crítica y otra más apologética. El principal valedor de la primera es el escritor y pensador italiano Claudio Magris que en 1963 escribió una obra fundamental: El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna. Así definía el “ideal” habsbúrgico:

“El mito habsbúrgico no es un simple proceso de transfiguración de lo real, propio de toda actividad poética, sino la completa sustitución de una realidad histórico-social por otra ficticia e ilusoria; es la sublimación de una sociedad concreta en el pintoresco, seguro y ordenado mundo de fábula” 12

Por otro lado, tenemos una visión más amable de dicho mito. Destaca la obra del norteamericano William M. Johnston El genio austro-húngaro, que en su título original de 1972 era The Austrian mind, el cual era más preciso que la traducción española. Allí defendía la originalidad del “ser austríaco”: tolerancia, ironía, independencia, creatividad, elegancia, su informalismo “encantador”. Aunque esto suponía un divorcio entre los deseos y la realidad (véase a Freud) y la defensa de un imperio caduco y burocratizado personificado el viejo emperador Francisco José. Un mundo éste que tan bien describió Robert Musil en su obra El hombre sin atributos. Un imperio que representaba el concepto tan querido por muchos de “Mitteleuropa” que unía lo germano y lo eslavo, y que sin duda, era un mundo mejor del que vendría: el Reich hitleriano.

¿Cómo podemos relacionar este mundo con Strauss y Lernet-Holenia? Pues la respuesta la tenemos en lo que llamamos la “conexión Hofmannsthal”. Éste era el elemento común a ambos. Compartía con ellos el ideal de fidelidad, un ideal tan querido a Strauss en muchas de sus óperas en el plano sentimental y matrimonial, pero que partía de una cosmovisión “hasbúrgica”, que, para Magris, es una característica básica del mito austríaco junto al de la transfiguración. Así, Hofmannsthal le decía a Strauss en una carta escrita durante el proceso creativo de la ópera Helena la egipciaca:

“La transfiguración es la vida de la vida misma. Todo aquel que desee vivir deberá superarse, transformarse a si mismo, tiene que olvidar y además, todo el mérito humano está ligado a la permanencia, la inolvidabilidad y la constancia” 13

Estas palabras pueden parecernos contradictorias, pero es que lo contradictorio forma parte de ese mito, de ese ideal austríaco como contradictoria es la música de Strauss; es lo que Johnston llama “nihilismo terapéutico” 14, donde se acierta en el diagnóstico pero no se aportan soluciones reales, algo que vemos tanto en la compleja música straussiana con en la populares novelas de Lernet-Holenia.

El mito, el ideal austríaco sigue actualmente presente en la cultura popular postburguesa. Pensemos en personajes tan icónicos como “Sissi emperatriz”, en el musical Sonrisas y lágrimas y en los valses de los Strauss (los otros Strauss) que cada 1 de enero, como un ritual, seguimos en el Concierto de Año Nuevo.

NOTAS

  1. El presente artículo procede de la comunicación homónima presentada en el XII Curso de Análisis Musical. Simposio “Música y Significado”, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Cuenca entre el 28 y 30 de julio de 2014.
  2. LEPEMES, Wolf, La reducción de la cultura en la historia alemana, Madrid, Ed. Akal, 2008, pág. 8.
  3. GILLIAM, Bryan, Vida de Richard Strauss, Madrid, Ed. Cambridge,2002, pág.123
  4. Carta de Strauss a Zweig del 22 de abril de 1935 en STRAUSS, Richar y ZWEIG, Stefan, A Confidential Metter. The letters of Richard Strauss and Stefan Zweig 1931-1935, traducción de Max Knight, Los Angeles, Ed. Universidad de Califonia, 1977, pág. 78.
  5. FERNANDEZ DE LARRINOA, Rafael, “Richard Strauss (1864-1949). Una tragicomedia burguesa en dos actos”, Audio Clásica, nº 141, 2009, pág. 64.
  6. COPLAND, Aaron, Cómo escuchar la música, México, FCE, 1994, pág. 195
  7. DEL MAR, Norman, Richard Strauss. A critical commentary on his life and Works, vol. III Londres, Ed. Faber and Faber, 1986, pág. 471.
  8. NIETZSCHE, Friedrich, El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música, Madrid, Ed. Gredos, 2010, pág. 40.
  9. LERNET-HOLENIA, Alexander, El estandarte, Barcelona, Ed. Libros del Asteroide, 2013, pág. 209.
  10. Íbidem, pág. 330.
  11. «¿Cree usted que Mozart era consciente de pertenecer a la raza aria cuando componía su música? Sólo distingo entre dos tipos de personas: las que tienen talento y las que no lo tienen». La carta (a Zweig), interceptada por la Gestapo, llegó a las manos de Hitler, que lo forzó a dimitir. A partir de ahí no pudo librarse de un marcaje que terminaría por amargarle la vida.
  12. MAGRIS, Claudio, El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna, México, Ed. UAM, 1998, pág. 32. La negrita es mía.
  13. GILLIAM, Bryan, op. cit., pág. 115. Al final de su novela Lernet-Holenia hace que su derrotado héroe se refugie en la fidelidad de su amada: “ Estaba esperando. Estaba allí como si me hubiera esperando siempre, como si supiera que yo volvería cuando todo lo demás hubiera terminado y que ella tenía que estar allí, pues ya no me quedaba nadie más que ella” (op. cit., pág. 331)
  14. JOHNSTON, William M., El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1938), Oviedo, Ed. KRK, 2009, pág. 43.