Don Quijote en las trincheras. Civilización y barbarie en el marco de la Gran Guerra

Emilio Quintana
Estocolmo, Suecia

Vídeo de la ponencia original

3637028016_c1526885c3_mEn 1916 el Centre d’ Etudes Franco-Hispaniques de l’ Université de Paris publica una “enquête littéraire” recopilada por Ventura García Calderón, con el título de Don Quichotte à Paris et dans les tranchées (1). En ella 59 escritores de habla francesa contestan a un cuestionario de 3 preguntas: 1. Leyó Ud. el Quijote cuando era joven. ¿Qué recuerdos guarda de aquella lectura? – 2. ¿Cuál es para Ud. el simbolismo del Quijote. Y la tercera: “Le Héros espagnol est-il aussi, en quelque sorte, un Chevalier français?”.

Algunos de los escritores que contestan a la “enquête” son Guillaume Apollinaire, Francis Jammes -que habla de un Quijote combatiente contra el infierno subterráneo de las trincheras alemanas-, Valery Larbaud, Maurice Maeterlinck o Emile Verhaeren. Pero me parece más significativa la declaración de un literato menos conocido, Etienne Rey (García Calderón, 1916, 81):

“Don Quichotte est le plus grand des poilus”

La “enquête” forma parte de la celebración del III Centenario de la muerte de Cervantes, que tiene lugar en plena Gran Guerra, acontecimiento que marca profundamente la conciencia de los escritores e intelectuales españoles e hispanoamericanos, verdadera Krieg der Geister de unos autores inmersos en la liquidación de la retórica modernista.

No voy a analizar el impacto de la Gran Guerra en los intelectuales españole, que ha estudiado -entre otros- Javier Varela con mucho acierto (2). Tampoco analizaré la dialéctica latinos/sajones, que ha estudiado de un modo igualmente admirable Lily Litvak (3), si bien pretendo ahondar en el hecho de que, con el estallido de la Gran Guerra, la polémica cultural latinos/sajones ba aseguir latiendo bajo la división aliadófilos/germanófilos (4).

En agosto de 1916, ligada al centenario cervantino, aparece en Madrid Cervantes (1916-1920), revista promovida por Francisco Villaespesa y por algunos poetas mexicanos, como Amado Nervo o Luis G. Urbina. La revista Cervantes se presenta en un principio como una pieza más en la “nacionalización casticista” del sistema poético del modernismo en el ámbito iberoamericano (de ahí que tome como icono a Cervantes) (5). En ella se publican algunos poemas sobre la guerra, entre ellos los de un par de poetas de segunda fila: Emilio Carrere y Alfonso Teja Zabre.

Emilio Carrere publica pastiches de romances dialogados (mayo y agosto 1917), con métrica y vocabulario que se corresponden con lo que Mainer ha llamado “voluntad casticista”. Son diálogos escritos en versos de ocho, nueve o catorce sílabas y con el predominio de la forma romance.

El romance en eneasílabos «La gloria de la guerra» es el diálogo de una madre y su hija, en forma de pastiche del romance tradicional español. Los alemanes quedan equiparados a bárbaros que intentan destruir la civilización latina. Carrere se centra en lo que la guerra tiene de destructor para el patrimonio artístico europeo:

«Madre, ¿por qué echan a vuelo
las campanas de la iglesia?
¡Es que han entrado los bárbaros
a sangre y fuego en Florencia!».

«Cuadras son de sus bridones
las naves de las iglesias;
los lienzos de Leonardo
arden en pública hoguera;».

«El Diablo y la Muerte» es otro diálogo, esta vez en alejandrinos; se trata de un alegato antialemán, en el que se acusa directamente a «Guillermo de Prusia» de ser un “Demonio en la tierra” además del causante directo de la barbarie de la guerra (6). En «Diálogo heróico» (de características parecidas; diálogo entre Rocinante, Babieca y el perro de Diógenes), Carrere une con brillante intuición modernidad y barbarie, y denuncia el fracaso del progreso a la hora de evitar la barbarie. Esta intuición está en sintonía con el espléndido libro de Modris Ekstein: Rites of Spring: The Great War and the Birth of the Modern Age (el mejor que se ha escrito en mi opinión sobre la dimensión cultural de la Gran Guerra, y que estoy traduciendo, ya que hay edición en español):

«Yo pienso tristemente,
¿por qué cuándo el progreso baña el orbe en su gloria,
al rodar de esta rueda sangrienta de la Historia
han de volver los bárbaros… irremediablemente?».

Con cinismo, el perro de Diógenes sentencia: «los hombres se asesinan muy… científicamente», en imagen que recuerda a Bagaría, dibujante que llenó el imaginario simbólico español de alemanes sangrientos y simiescos. No hay que descartar la importancia de los caricaturistas como Bagaría en la alimentación de los paradigmas operantes en el imaginario español de la Gran Guerra.

La visión de Carrere supone una reivindicación tardía de la función social del modernismo, al ver en los lanzallamas, los tanques o el gas venenoso consecuencias de la fe decimonónica en un progreso humano basado tan solo en el progreso científico.

Alfonso Teja Zabre (1888-1962), poeta mexicano, publica el poema “París en el Marne” (septiembre 1917) en la sección «Los cantos de la guerra», que son la crónica de la batalla entre alemanes y franceses. Llama la atención el arcaísmo épico al hablar del ejército francés

“No; no es juego de ansiosa fantasía
la aparición de una ciudad que avanza;
era que el sexto ejército salía,
vibrante de valor y de esperanza
para tomar su puesto en la porfía.”

Esta retórica arcaica que humaniza un código poético modernista y casticista, contrasta con la forma que tiene Teja Zabre de describir la «máquina de muerte» alemana (así la llama) a través de un vocabulario técnico y deshumanizado. Los alemanes quedan así léxicamente deshumanizados: «lubricando resortes y cadenas», «tentáculo», «armazón», «reflectores», «monstruoso mecanismo»… En esta visión se identifica barbarie con Alemania, es decir, con maquinismo y con modernización científico-técnica.

En el poema de Teja Zabre no falta una alusión a la Bélgica mártir, siempre ligada a la figura de sus poetas simbolistas, singularmente Rodenbach, Maeterlinck y Verhaeren:

“El humo brota y el acero cruje;
Lieja, Verhaeren, Maeterlinck, Bruselas,
Son trigo de oro bajo rudas muelas!”

La cuestión de Bélgica

3637028016_c1526885c3_mCuando el 4 de agosto de 1914 las tropas alemanas cruzan la frontera belga, se extiende la idea de la Alemania bárbara, de los nuevos hunos germanos. La destrucción de catedrales como la de Reims, de ciudades, como en el caso de Lovaina, o de obras de arte, pone de nuevo en pie el verso de Darío: “Los bárbaros han vuelto” (7). En el manifiesto “Mémoire des Cent” de los intelectuales franceses, ya aparecen recogidas estas acusaciones (8).

Las dos epítetos más usados con respecto a Bélgica son “tierra mártir” y “violación”, por tanto aluden a una metáfora religiosa y a un abuso sexual. La “violación de Bélgica” se conceptualiza así como un atropello contra una virgen indefensa; en cierto modo, el espítritu de don Quijote –que encarnaría el espíritu de España, neutral en la guerra, y de la latinidad- resucita la idea del defensor de los desvalidos y de los atropellos en defensa de los débiles. Esta imagen simbólica de don Quijote se hace más fuerte en vistas de la incapacidad militar real de una España que, a falta de cuerpos de batalla, sólo puede enviar al Caballero del Ideal modernista, tal y como lo imaginara Rubén Darío.

No voy a detallar las repercusiones en Espana de la invasion de Bélgica, que son enormes. Es fundamental en la toma de posición de Valle-Inclán, por ejemplo, para el que la guerra se transforma entonces en un choque de civilizaciones: la latina –defensora del derecho y la religión- y la germánica -hecha de fuerza y agresividad (Vidal Maza, 2001)

La “violación” de Bélgica le da nuevo impulso a la retórica civilización/barbarie que estaba en la visión arielista del uruguayo Rodó, el maestro de la juventud hispanoamericana. Porque el ataque a Bélgica, la destrucción de ciudades, de jardines, de iglesias, de hogares, y los sufrimientos de su gente, suponen un ataque directo a uno de los símbolos fundamentales de la Weltenschaung modernista.

El sacrificio belga (así como el sufrimiento francés) se ve también como la redención de una Francia decadente, laica y pornográfica, que había sido fuertemente criticada por el casticismo español de la “Belle Epoque”, en libros como El frente espiritual, de Gabriel Alomar, o en Unamuno, para el que la guerra de 1914 ya merecería la pena con solo haber librado a Francia del régimen “inmoral” del hijo único y el alcoholismo. “Lo venenoso -escribe Miguel de Unamuno- no son los gases asfixiantes, sino los “gases morales” del antiguo París cosmopolita y artificial” (9).

Desde Bélgica -“reserva espiritual de Francia” (si se me permite la expresión)- van a desembarcar en la tierra de don Quijote poetas e intelectuales que llegan en campañas de propaganda patriotica (10). Es el caso de Maurice Maeterlinck, que visita España en diciembre de 1916 y da una conferencia bastante sonada en el Ateneo de Madrid, defendiendo dos ideas (11):

    1. La guerra con los españoles y con los alemnaes es diferente; los españoles tenian un ideal.
    2. Los flamencos no son germanos, son celtas germanizados, tan celtas como los irlandeses o los bretones, que miran a Francia como patria espiritual. (12)

En este sentido, no hay que olvidar el papel que jugó Bélgica en la guerra literaria en favor de una nacionalización del modernismo. Pensemos en una obra de teatro como En Flandes se ha puesto el sol (1909), de Eduardo Marquina, en la que se entrecruzan tres líneas de fuerza:

1. Las guerras de Flandes habían marcado la ruptura de Espana con Europa, llevando al país a la decadencia y a un aislamiento secular.
2. Flandes como encarnación de la Bélgica moderna podía ser usado como alternativa al “satanismo” francés, es decir, como una especie de “tercera vía” sana y campesina al modernismo babilónico de París. Este modernismo más sano, alternativo al decadente, podía ser aceptable a la hora de nacionalizar la retórica modernista en España.
3. En 1909 los “flamencos” insultaban en Bruselas a España a causa del “caso Ferrer”, algo muy divulgado por la prensa espanola, especialmente la conservadora.

La obra de Marquina es un intento de crear patria frente a la patria heredada. El estreno contó con el respaldo del Rey Alfonso XIII, que llamó a Marquina al palco y puede ser considerado parte del proyecto de “doma de la quimera”, como lo ha llamado Mainer, en favor de cierta europeización casticista de España.

Sin embargo, Flandes no es el único camino hacia la modernidad del discurso simbólico cultural español. No hay que olvidar que Inglaterra se había lanzado desde el principio a la batalla con las palabras de Rudyard Kipling: “The Huns are at the gate” (“Los hunos están a las puertas”) (14). Lo que pasa es que la defensa de la anglosajón sólo se da en algunos círculos relacionados directamente con el mercantilismo británico, especialmente a través de los puertos comerciales: Canarias, Santander o Portugal. Es el caso de intelectuales como Ramiro de Maeztu, los portugueses Guerra Junqueiro (15) o Teixeira de Pascoaes (que convierte a Londres en ciudad santa: “Grande Jerusalém no meio de calvários”) o poetas vinculados a los puertos de Santander y Canarias.

En el caso de Santander destaca José del Río Sainz y su estupendo poemario: La belleza y el dolor de la guerra. En canarias, Tomás Morales supo conjugar su anglofilia con un sentido patriótico casticista. En “Los himnos fervorosos” (sección de Las rosas de Hércules) (16) considera a Inglaterra como heredera de la España imperial. Junto a un poema como “Britania Máxima” publica “Oda a las glorias de don Juan de Austria”, que atempera con una “Elegía de las ciudades bombardeadas” y un canto a la paz (al fin y al cabo, el comercio necesita de la paz).

En el caso de la “Oda a las glorias de don Juan de Austria”, Morales presenta a los británicos como nuevos defensores del Mediterráneo, el mar latino. Del mismo modo que los españoles –al mando de Juan de Austria y con participación de Cervantes- habían parado en Lepanto la invasión de la barbarie turca, los británicos serían los herederos del imperialismo civilizador hispánico, destinados a parar la barbarie alemana. Se trata de una forma culturalmente inteligente de contestar a la acusación alemana contra Inglaterra que está en la base de la propaganda bélica germana (17). Por lo demás, no podía faltar en Tomás Morales la nota belga:

“Esta tarde he leído a Rodenbach.
El día ha sido el más propicio que hubo en todo el verano…”

En las trincheras de Flandes

Llaman la atención es este sentido las posiciones de dos jóvenes poetas hispanoamericanos educados en el modernismo rubendariano: el peruano Alberto Hidalgo (defensor de Alemania y del Káiser) y el el nicaragüense Salomón de la Selva (soldado enrolado en el ejército británico desplazado en Flandes).

Para Alberto Hidalgo (1897-1967) la exaltación de Alemania representa una forma de liquidar la retórica modernista, una actitud de vanguardia -en sentido literario y militar- de cuño futurista. En poemas como ”Canto a la guerra” (18) exalta el belicismo y la figura del Káiser, elementos que prefiguran en su opinión (y con razón) la llegada de una época moderna, pulsante, llena de vigor y energía. Se trata de un acto de vanguardia y ruptura (19):

“Canta la guerra el torvo clarín de mi lirismo
en este siglo de civilización,
el Siglo en que los hombres despiertan de su sueño,
el Siglo en que ha perdido la táctica de Dios (…)
el Siglo en que a las Razas las va seleccionando
el superdreagnout i el cañón
i las bombas de incendio del bravo aeroplano
i del obús 42
i el corazón sonoro del kaiser, que arde como
volcán en erupción,
i el espíritu recio de la raza germana,
de esa raza que tiene los cabellos de Sol.

Son versos que le dan la vuelta a uno de los iconos del “arielismo” hispanoamericano: la “Oda a Roosevelt” de Rubén Darío. Este “férreo” poder que purifica Razas es el mismo “férreo” que hemos señalado en el poema “A Francia” de Darío. Hidalgo se configura como una contrafigura del nicaragüense, sin que falte la nota iconoclasta en la exaltación de los cañones que “derrumban las viejas catedrales” (20).

Hidalgo, como Carrere, identifica a Alemania con la modernidad y sus catátrofes, sólo que, en una actitud futurista e insólita para la época, la abraza, dentro de un espíritu provocador de vanguardia:

“La Guerra es como un brazo del Progreso. La Guerra
purifica las Razas con férreo poder”.

Este futurismo exaltador de la guerra conecta con el belicismo germano pero, sin embargo, entra en colisión con la auténtica vanguardia alemana, que ve en la guerra una catástrofe desde su refugio en Suiza.

Hidalgo escribe cómodamente en su casa de Lima. Salomón de la Selva escribe (o toma notas de lo que ve) en la trinchera, ya que el que fue secretario de Rubén Darío en los Estados Unidos, luchó en Flandes como soldado voluntario en el “Royal North Lancashire Regiment”, experiencia de la que salió ese diario de campaña poético titulado El soldado desconocido (1922).

Salomón de la Selva consigue enrolarse al final de la guerra, cuando las esperanzas de un conflicto rápido hace tiempo que se desvanecieron, y la guerra ha tenido tiempo de mostrar su auténtico rostro; la mitificación de los primeros tiempos se había convertido en una pesadilla de horror. En su libro, el testaferro de Rubén Darío ve venir el futuro con la velocidad de la bala e intenta encontrar sobre el terreno el alma del tiempo por venir:

“La bala que me hiera
será bala con alma.” (21)

La guerra le sirve a Salomón de la Selva para desprenderse de la guardarropía modernista, cuya lira se había retorcido en alambre de púas, para levantar una nueva poesía en contacto con la realidad, tocando la corona de espinas de una modernidad que aún se esperaba que trajera cierta redención del mundo:

“La lira es cosa muy barata.
¡Quién no tiene lira!
Yo quiero algo diferente.

Algo hecho de este alambre de púas (…)

Aunque la gente diga que no es música,
las estrellas en sus danzas acatarán el nuevo ritmo.”

El nuevo ritmo es el ritmo de la realidad y el prosaísmo, ya curado de la locura modernista: “Ya me curé de la literatura” dice en “Carta (III)”, un poema quijotesco (22):

“Ya me curé de la literatura.
Estas cosas no hay cómo contarlas.
Estoy piojoso y eso es lo de menos.
De nada sirven las palabras.

La renovación del espíritu modernista de Salomón de la Selva no pasa por la iconoclastia vanguardista, sino por intentar salvar lo mejor de la tradición moderna a través de un análisis racional de la realidad. En su prodigioso poema “Prisoneros” vemos cara a cara las dos Alemanias de que hablaba Baroja:

“Son gente.
De eso no cabe duda.
Gente como nosotros.
que come, que duerme, que se entume, que suda,
que odia, que ama.
Gente como toda la gente,
Y sin embargo diferente.

Como les hemos arrancado
todos los botones,
caminan agarrándose
los pantalones,
y llevan el cuerpo doblegado.

Pudiera ser cansancio,
pero no es eso.
Pudiera ser vergüenza…
En fin, qué nos importa:
¡Son nuestros prisioneros!

Está prohibido darles cigarrillos.
Bien. Se los daré a escondidas.
Alguno de ellos debe de haber leído
a Goethe; o será de la familia de Beethoven
o de Kant: o sabrá tocar el violoncelo…”

Reconoce en los prisioneros alemanes a la nación de Dichter und Denker, de poetas y filósofos que se había opuesto a Napoleón (Goethe, Kant, Beethoven…). La Alemania idealista de la “Kultur”, anterior al militarismo prusiano y a la “Kulturkampft” (23). La Alemania de la que saldrá la idealización de don Quijote como héroe romántico (Schelling) y que defndió hasta el final la revista Renovación Española (1918) (24).

Caballeros y mitos en la guerra

La guerra moderna que vive Salomón de la Selva poco tenía que ver con la de los primeros meses del conflicto, cuando la lucha de civilizaciones buscó sus puntos de referencia en mitos fundacionales y premodernos. Mitos como el de Juana de Arco para el caso francés, que recordó repetidamente Valle-Inclán. O el mito de los ángeles de Mons, para los ingleses.

“The Bowmen” (“Los arqueros”) es un cuento publicado por Arthur Machen en el London Evening News que fue tomado por el público como un relato de hechos reales ocurridos en el frente de batalla. La historia cuenta cómo San Jorge había salvado a los soldados británicos llamando en su ayuda a los arqueros de Agincourt, que descendieron desde el cielo lanzando flechas sobre los alemanes en la ciudad belga de Mons, en agosto de 1914. Inmediatamente, el cuento se propaga como leyenda de guerra de boca en boca. Muchos declaran haber visto la aparición de los “ángeles” de Mons, luchando junto a los soldados ingleses. A la extensión de la leyenda contribuye la propia censura de guerra.

Este episodio de un Santiago Matamoros británico es uno más en la lucha de mitos culturales relacionados con el pasado bélico premoderno de los contendientes que tiene lugar en los comienzos de la Gran Guerra. En este contexto podemos situar la figura Don Quijote –elevado, tras las derrotas militares espanolas del siglo XIX, a símbolo de la latinidad y la hispanidad, que ha de sacar de la decadencia a las naciones latinas por el camino del Ideal.

Sin embargo, lo que empezó como una guerra de naciones al son épico de las marchas militares, acabó como un conflicto que empujó definitivamente al mundo hacia la modernidad a través de un inmenso baño de sangre. También en España la guerra supuso un impulso a la modernizacion, y no sólo desde un punto de vista económico. La guerra es la causa directa de la irrupción de la vanguardia en nuestro país.

El centenario cervantino de 1916 supone el canto del cisne del mito qujotesco como defensor de la premodernidad de los países latinos. Los ataques con gases asfixiantes hacen que caballo y caballero tengan que protegerse con máscaras antigas (como se ve en la foto que ilustra este estudio) y la irrupción de los tanques deja muy maltrecha a la caballería de guerra y al propio don Quijote como mito cultural (25).

NOTAS

(1) Hay toda una literatura contemporánea sobre el tema, que incluye libros como Don Quijote en la guerra, de Elías Cerdá (1915) o Don Quijote en Francia, de André Suarés (Minerva, 1916).

(2) Varela, Javier: “Los intelectuales españoles ante la Gran Guerra”. Claves de razón práctica, no. 88, pp. 27-37.

(3) Litvak, Lily: Latinos y anglosajones. Orígenes de una polémica. Barcelona, Puvill, 1980.

(4) Hay un rebrote del modernismo en decadencia en apoyo a la Francia que había cantado Rubén Darío en su conocido soneto de 1893. En “A Francia”, esta nación representa la continuidad de la civilización de Grecia, Roma y Bizancio, mientras que Alemania queda ligada a epítetos como “bárbaros”, “Berlín férreo”, “casco imperial”. Esta dialéctica se concreta en la elección de Víctor Hugo como “gran Paladín” de la civilización (siempre latina). Los alemanes, por tanto, habrían construído una disociación entre Civilización y Cultura.

(5) En cierto modo, la reacción casticista de años anteriores se reorienta en el nuevo apoyo a Francia. El modelo es el de la guerra franco-prusiana de 1870. Azorín, que publica cuatro libros fundamentales en esta época: Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1914) y Al margen de los clásicos (1915), preparados con artículos publicados en la prensa periódica, se incorpora inmediatamente a la batalla cultural con Entre España y Francia (Páginas de un francófilo) (Barcelona, Bloud y Gay, 1916) con prólogo fechado en diciembre de 1916.

(6) Esta «balada» enlaza con «La gloria de la guerra»: diálogo entre niña y madre, romance, tono arcaico («la mi madre», «malhaya la guerra», «diz») y execración de los males de las armas. El matiz novedoso lo constituye el asesinato del novio de la chica; la guerra destruye también el amor. La sección se completa hasta la pág. 124, con «Ya se van los quintos, madre…», de Enrique de Mesa, otro poema en la misma línea, y soberbio.

Carrere en estos poemas se manifiesta aliadófilo, defensor de la civilización latina y asocia a los alemanes con los antiguos «bárbaros», destructores de las obras de arte y de la convivencia. También se recrea en la identificación de los alemanes con el Demonio y el Anticristo. Esta posición no es extraña, sino la misma que la de otros muchos poetas modernistas hispanoamericanos de la época y de ella se encuentran suficientes ejemplos en la revista Cervantes.

(7) En “Pax” (febrero 1915), Rubén Darío alude a Lovaina.

(8) Pierre Nothomb: Les barbares en Belgique.

(9) Unamuno: ”La guerra y la vida del mañana” 28 marzo 1915. ”Una plaga” 18 febrero 1917.

(10) Verhaeren se repliega inmediatamente a defender la patria, como deja bien clara su actuación antes de morir en la estación de Rouen.

(11) Conferencia de 9 de diciembre de 1916. La visita de Maeterlinck, autor muy conocido gracias a la traducción de sus obras más importantes, tiene gran repercusión en España. Hay crónicas en diversos medios, también en Cervantes, a cargo del ecuatoriano César E. Arroyo.

(12) Alemania contra Bégica. El país de la filosofía atropellando al país de la poesía. Hay que recordar que los poetas simbolistas belgas (y los pintores) son fuente de inspiración primera para el modernismo español. Es el caso, por ejemplo, de Brujas la muerta de Rodenbach, que crea el mito de la “ciudad inmóvil”.

(13) Emilio Quintana: “El sol de Flandes. Eduardo Marquina y el modernismo castizo”. Conferencia en la Universidad de Sevilla, 15 octubre 2007.

(14) “For all we have and are / for all our childrens’ fate / stand up and take the war. / The Huns are at the gate”. Cf. Hynes, S.: A War Imagined. The First World War and English Culture. New York, 1990.

(15) Guerra Junqueiro: O monstro alemao. Atila e Joanna d´Arc. Porto, Junta Patriotica do Norte, Oficinas do Comercio do Porto, 1918.

(16) Tomás Morales: Las rosas de Hércules (Madrid, Imprenta Clásica, 1919).

(17) El panfleto de Werner Sombart: Händler und Helden (Leipzig, 1915) que identifica la cultura alemana con una tendencia hacia el absoluto y al sacrificio heroico en nombre de altos ideales, frente al materialismo individualista de la ”cultura de tenderos” anglosajona y de las ideas francesas de 1789. Cf. ”Heroes and Merchants”, en Buruma, Ian & Margalit, Avishai, Occidentalism. The West in the Eyes of Its Enemies. New York, The Pengin Press, 2004, 49-73.

(18) Panoplia lírica (Lima, Imprenta Víctor Fajardo III, 1917). Cf. también la Arenga lírica al emperador de Alemania (Arequipa, Tipografía Quiroz Hermanos, 1916).

(19) Usa la rima y conjuga elementos técnicos y motivos futuristas, pero hay también emociones anarquistas y nihilistas que a veces llevan la etiqueta socialista.

(20) “Los cañones derrumban las viejas catedrales / que han visto tantos años por sus arcos pasar, / los recintos del Arte, los grandes monumentos, / los castillos rodeados por fuentes de cristal, / porque los hombres nuevos despreciamos lo antiguo; / porque conscientemente queremos dominar / sobre las artes viejas retóricas i rancias, / cantando los misterios de la Electricidad…” (“Canto a la guerra”)

(21) José Rivas Panedas había escrito en ”Amanecer” (Grecia, II: XXVIII, 30-IX-1919, p. 15): ”El poeta quiere perforar, / desgarrar una a una / las capas de algodón que espesan / el gran lecho invertido; / pero sus ojos / tienen menos alcance / que una bala de mausser…”.

(22) En los alemanes ve también el espíritu poético de la Ilustración y, sobre todo, se da cuenta de que el mundo ha cambiado. George Steiner ratifica este hecho al hablar de la Alemania perdida de 1918: “Desde los años 30 del siglo XIX se registra la emergencia de un caracteristico “contrasueño”: la vision de la ciudad devastada, las imaginarias invasiones de escitas y vándalos, los destructores mongoles que para relajarse eligen las fuentes de las Tullerìas” (Blubeard’s Castle. Some notes towards the redefinition of culture, 1971). En este libro, Steiner se refiere también a una tendencia pictórica que reproduce grandes ciudades europeas en ruinas.

(23) No es así en el caso de Huidobro. En “Hallali” entremezcla el dolor que acarrea la guerra con el entusiamo vital propio de su credo creacionista. En otro momento, escribe sobre un zepelín que se acerca: “Aquel ruido que suena no es un coche” (“Alerta” de Poemas árticos, 1918), oponiendo las dos clases de progreso. Para el enfrentamiento Kultur v. Civilisation, el libro de Daniel Pick: War Machine: The Rationalisation of Slaughter in the Modern Age (Yale University Press, 1993).

(24) «De Alemania salieron la filosofía, la ciencia y la música. De Inglaterra, el derecho del más fuerte, la opresión y el látigo. De Francia, la morfinomanía, el aborto y el volterianismo. De los Estados Unidos, la ley de Lynch.». Renovación Española, nº 30, 22 agosto 1918, página 4.

(25) La decadencia de la caballería de guerra significa una nueva muerte de don Quijote, es decir, del Ideal Latino defendido por los modernistas y, al mismo tiempo, es indicio del avance de la Modernidad como nuevo paradigma de las naciones latinas renovadas (Francia, Italia, España…). El asalto de la brigada de caballería polaca contra una columna motorizada alemana en 1939 fue el último eslabón quijotesco en esta tradición. Polonia, ese otro país católico y tradicional, quijotesco.

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